HUMANIDAD
Hace tiempo, mucho tiempo, siendo joven, leí a Confucio una historia que, por la causa que sea, me ha venido a la memoria: decía que el ser humano es como una tortuga, que cría un inmenso caparazón para defenderse y sentirse protegida, a cambio de ir muy lento en su penoso caminar. Y razonaba en su paradoja que, si no llevara su armadura a cuestas, correría como una liebre… Naturalmente, la aparente seguridad de su caparazón se eclipsaba porque sus enemigos podían darle caza sin necesidad de esforzarse. Al comparar la tortuga con el hombre, establecía un claro paralelismo: las personas nos creamos y echamos encima una serie de creencias y querencias; de ritos y de mitos; de tradiciones y confusiones; de ataduras e inculturas; de seres errados y herrados, que hace lenta, excesivamente lenta, nuestra evolución natural. Me estoy refiriendo, claro está, no al aspecto – y espectro – físico, sino a evolución intelectual y conciencial. El reflejo de nuestra lentitud se ve en la sociedad...