EL PRINCIPIO
Los prolegómenos del catolicismo, en realidad, fueron arrinconar al cristianismo. Constantino practicó el politeísmo romano, y la adoración al Sol Invictus, desde que nació hasta que lo bautizaron en su lecho de muerte, y no se bajó de la burra de sus creencias mientras vivió, pero su genio político, en medio de continuas guerras civiles en las que se disputaban el imperio, le dictaba una estrategia ante la posibilidad de echarle mano (y echarse una mano) a una nueva y pujante creencia: los que a sí mismo se llamaban cristianos… Una sola religión, un solo imperio, un único emperador. Un astuto consejero – antiguo senador romano, que fué amante de su madre, Helena, se anticipó a la jugada, autoproclamándose obispo (de Córdoba), siendo el artífice de todo el tinglado. Osorio se llamaba el tipo. La cuestión era obviar a la Iglesia heredera de Jerusalén, la auténtica, bajo la cabeza de Santiago, hermano de Jesús, y abrazar y apoyar el nuevo constructo ideado por el judeoromano Pablo ...