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LO DE HOY SUCEDIÓ AYER

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A veces hay que hablar de lo que tanto se habla, aunque no se quiera oír. Es un ejercicio de equidistancia y de equilibrio, por lo tanto, de justicia. Aquél viejo aforismo de “ para hablar hay que conocer ”, ha desaparecido en el fárrago del “popularismo” actual – permítanme el término – y ya se hace sin saber, e incluso sin querer saber, que es lo peor, pues querer confundir verdad con falsedad, no es muy recomendable a nivel moral, ni, a la larga, a nivel material tampoco, aunque, a veces, cínicamente, se “venda” lo contrario…                 Hace menos de medio siglo, los árabes que asomaban por aquí eran esporádicos, y venían solos, como de avanzadilla, buscando un medio de vida que en su tierra no encontraban, y si lo encontraban, y podían conservarlo con cierta seguridad, luego ya veríamos qué. La agricultura era el sector productivo cuya mano de obra los estaba esperando: necesitada, barata, entr...

D E CA D E N C I A

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                 Uno de mis últimos artículos de antes de la pandemia, “La Muerte del Comercio”, después emitido en programa de radio, tuvo su secuela. Tampoco mucha, la verdad, pero sí más que la media de lo que suelo escribir. No sé si les tocó de cerca a lo que queda de clientela, no al resto, y, por supuesto, a los propios comerciantes, (a los políticos, si les rozó, no se dieron por enterados), o qué pasó, pero me dieron cera por un tiempo. Y digo cera, porque, inusualmente, en tal tema todos estaban de acuerdo con una exposición de las causas en esa columna a la que aludo. No es normal tal coincidencia, ni mucho menos, pero en esto suele darse, y pienso yo que eso será por algo… Sin embargo, no encaja con que el fenómeno de la decadencia y caída libre se siga dando si la ciudadanía así lo reconoce y el comercio así lo padece. Y aquí, me pierdo. Si la gente lo sabe, lo entiende y lo asume, y sigue largá...

ERNESTO CARDENAL

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Permítanmelo, por favor… Como no pude hacerlo en su día por el advenimiento del coronavirus, déjenme que el de esta semana lo dedique para despedirme de Ernesto Cardenal, al que considero un amigo, camarada, hermano, cura – que no sacerdote – confesor y confidente, a pesar de no conocernos personalmente… bueno, una vez, hace 25 años más o menos, apareció por Murcia para dar unas conferencias, y lo vi a distancia, y lo escuché en la cercanía, y lo sentí en la intimidad, y lo reconocí con respeto. Solo eso. Bastante. Lo suficiente… Ahora ha cambiado de morada, a los 95 años de edad. No ha muerto, ha cambiado de domicilio. Porque para este hombre no existe la muerte, si no el cambio, ni para los que comparten su Dios cósmico y universal tampoco. Y no, no teman, que no son conocimientos, si no sentimientos. No es cuestión de comprender, ni de saber, ni de entender, tan solo de sentir. Solo los dogmas se aprenden, las verdades se sienten…        ...

CONCLUSION(ES)

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P ermítanme terminar la serie coronavírica – de momento al menos – contándoles una historia que no es un cuento, aunque bien puede serlo: Existía un pequeño poblado de arapahoes en lo alto de una colina boscosa, en cuyo hábitat vivían satisfechos y con los medios necesarios a su alrededor para una estable subsistencia. Vivían felices y contentos de sus trabajos y sus fiestas hasta que, un crudo invierno, uno de los osos de las colonias que habitaban aquellas latitudes, se volvió especialmente dañino, y comenzó a atacar indiscriminadamente a los indios, y a matar a los pobladores de aquella tribu, diezmándolos, hasta que el lugar se convirtió en un serio peligro para sus moradores . Reunidos jefes y chamanes en busca de una solución, optaron por confinarse en su perímetro para protegerse. Durante unos meses se redujeron las víctimas al mínimo, pero los recursos de la comunidad mermaron hasta el punto que la pobreza y la necesidad se convirtió en una amenaza añadida, casi peor que ...

ANÁLISIS (casi) FINAL

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                Las fases de des-escalada de la crisis coronavírica van avanzando. A trancas y barrancas, asimétricamente, entre fallos y aciertos, pero ahí van, a base de normas, leyes, riesgos y cautelas, y meteduras de pata, que de todo hay. Desde que empezó el confinamiento con el cuento de María Sarmiento, he ido acompañando semanalmente esta crónica desde el paso del tiempo, que no del virus (dado que el virus no ha pasado, pues sigue entre nosotros), pero durante más de dos meses, mi tema ha sido ajustado al monotema, y pienso, no sé, quizá, que será ya tiempo de ir introduciendo otros de distintos intríngulis, a fin de volver a empezar los que dejé atrás y comenzar a desgranarlos en esta nueva normalidad. Así que quizá éste sea el último, dedicado a conclusiones – o el penúltimo, que nunca se sabe – de una serie que empieza ya a cansar. Vamos, que digo yo, claro…      ...

QUE DIGO YO...

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                Estamos finalizando la primera fase de desescalada – o escalada, según desde donde se mire – de las medidas impuestas por la pandemia, y a punto de comenzar la segunda. Y el gobierno, y nosotros, seguimos con una inseguridad de cuerpo y unas dudas de mente que no sabemos por dónde tirar. Estoy hablando, sobre todo, de aquellos a los que nos clavaron con una chincheta en las paredes de nuestras casas, puesto que los demás solo tienen que ajustarse al plan de movilidad prevista, y a guardar las normas indicadas. Tampoco debería de ser tan difícil. Pero lo es, sin duda alguna. Solo tenemos que ver cómo nos estamos comportando apenas han abierto un poco la puerta del chiquero. Como auténticos asnos. Amontonándonos para hacer ejercicio (todos, a la vez, y en los mismos lugares), en las terrazas de los bares, en los zocos de nuestros mercados, en los quicios de las iglesias o en las fiestas calle...

PENSEMOS MIENTRAS PODAMOS

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                 Por supuesto que la reflexión de hoy no va con ningún ánimo de crítica para cómo se ha gestionado la crisis coronavírica. A nivel mundial ya se sabe, mal de muchos, consuelo para nadie… Además, aquí, en nuestro país, suele tomarse de dos maneras: si es contra los otros, pues que muy bien, pero si es contra los míos, pues que muy mal. Lo tengo archisupercomprobado. No damos para mucho más. Polarización pura y dura. Pero no es esto. Aquí, como decía mi amigo el cura, “ metámonos tós y sálvese el que pueda ”. Además, para mi disculpa o para mi condena – depende d´ande soplen los vientos   - esta idea se la leí en un extenso artículo a un representante, o funcionario, de la OMS en un periódico nacional. Mi único pecado pues es alinearme con su, creo que docta, opinión (así se evitarán los contrarios la molestia de descalificarme como lego en la materia), que quién me creo que soy yo, que...

¿QUÉ NORMALIDAD..?

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En mi época de crío, la normalidad era que la gente muriese a chorrete por la causa que fuere. Todo el mundo aceptaba el riesgo y la fragilidad de la existencia como algo perfectamente natural, y por lo tanto, normal. Los viejos, porque para eso eran viejos, y estaban en disponibilidad de ser llamados a filas, celestiales o infernales, pero eso era otra cantata eclesial. Mas allí estaban, esperando el toque de corneta. Y los niños, pues porque eran pequeños, proyectos de adultos, personas en proceso de hacerse, y claro, cualquier cosa podía tumbarlos. Además, se sumaba a eso la situación de posguerra aquella, para mayor problema de salud… A una viruela, un sarampión, un tifus, una gripe mal venida, se le añadía el hambre (otros prefieren decir necesidad) y el resultado era una cuasi-epidemia permanente. El verano por las cagaleras y el invierno por los fríos – porque aquellos inviernos eran fríos de helar – componían una situación de normal normalidad para todo el mundo. Era una...

LO QUE VALE UN PEINE

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Vengo de andar y cavilar en mi confinamiento, a fin de que no se me encasquillen ni los remos del cuerpo ni los remos de la cabeza. Veinte vueltas a mi roal por la mañana y otras veinte por la tarde. Hay tiempo para todo, para pensar, escribir, leer… Por cierto, me he metido entre neura y neura en la segunda prórroga del quedatencasa un tocho de mil cien páginas, que les recomiendo por su enganche. No deja de ser una especie de culebrón, un tanto folletinesco, del que no creo, por cierto, que se tarde en hacer una serie, ya que posee el formato y los ingredientes para ello, lo que pasa es que yo soy adicto al papel más que a la pantalla. Este libro tiene una cosa buena para las generaciones de cota más baja a la mía: que ilustra bastante bien nuestra guerra civil y la segunda mundial que le siguió, aunque el relato sobre su protagonista resulte un tanto previsible conforme avanza su lectura. Hubo un momento en que pensé que se iba a cruzar con mi padre en los campos de concent...