CENTRARSE


Vivimos un arco de la Historia que demanda un cambio estructural y de paradigma en el pensamiento (y sentimiento) humano. La inestabilidad de un mundo en crisis: económica, social, climática, legal, de valores, e incluso de principios, resulta innegable. Nos movemos en la fragilidad de una época dispuesta a saltar en pedazos, donde seres enloquecidos están imponiendo un miedo colectivo en la ciudadanía de todo el mundo… Parece que, o te sometes, o eres víctima del verdugo de guardia. Otra opción – que es la que abrazamos la mayoría – es la huida hacia delante del escapemos y gocemos que mañana moriremos.

Sin embargo, el discurrir histórico, que se nos aparenta lineal, no lo es, puesto que es circular, si bien que en niveles distintos aunque paralelos; como una espiral, y, por eso, parece repetirse… Como se suele decir: tiempos duros generan personas fuertes, las cuales crean tiempos buenos que producen a personas frágiles, las cuales crean nuevos tiempos duros… O como lo explica el sociólogo e historiados Alberto Ibáñez: “el bisabuelo trabaja para poder seguir trabajando lo más posible; el abuelo trabaja para poder encontrar un trabajo mejor; el padre trabaja para que sus hijos estudien; el hijo estudia para poder vivir del Estado lo mejor posible”.

Es la conocida por Ley del Péndulo, a la que otra ley, la tercera de Newton, acción-reacción, pretende compensarla. Ya saben: “a una fuerza ejercida en un sentido, genera otra igual en sentido contrario”. La pregunta es si alguna vez la humanidad llegará a lograr su estado ideal, que no es otra cosa que el equilibrio entre esas fuerzas antagónicas que nos sacuden. Y aquí es donde filósofos y pensadores establecen sus teorías en busca de tal posibilidad… Hay quién dice que es posible, como hay quién lo considera una utopía.

A mí me parece que podría hacerse real. De hecho, una buena parte de las utopías del principio de nuestra Historia, hoy son realidades (aunque también otras cosas peores), por lo que la posibilidad existe en ambos sentidos, o así lo creo yo… Y es concentrándose en ese preciso – y precioso – equilibrio, cosa que se ve que no sabemos hacer. Cuando estamos en un extremo pendular, por la ley de Newton, establecemos una oposición con todas nuestras fuerzas en sentido contrario, conseguimos frenar esa tendencia, y existe un tiempo equilibrado en que todo parece marchar bien, pero hemos generado tal impulso que acaba llevándonos al extremo contrario; y vuelta a empezar otra vez. Y ese, y no otro, es nuestro error. Debemos esforzarnos en el centro, no en los extremos, para así lograr una oscilación mínima que permita un equilibrio sostenido… En física, está demostrado que es perfectamente posible.

Entonces, ¿por qué en el ser humano, no?.. Esa es la pregunta que todas y cada una de las personas nos deberíamos hacer. Se me podrá oponer que tampoco se trata de parar el reloj de la Historia deteniendo el movimiento de su péndulo, pero es que no es eso… Cualquier relojero sabe que el reloj anda igual y sufre menos en su mecanismo con un movimiento mínimo de su péndulo que pegando topazos en los lados de su caja… El equilibrio absoluto sería el fin del propio equilibrio, y tampoco se trata de eso, sino de lograr un equilibrio con la mínima oscilación.

Y eso, principalmente, debe conseguirse en las relaciones humanas, tanto políticas, como económicas, como sociales… Hoy están deterioradas debido a la polarización existente sembrada por los políticos de toda laya y condición entre la ciudadanía “a su cargo”. Eso hace que instituciones mundiales como La Haya, o la propia Onu, fracasen por su absoluta inoperancia. Es el factor humano el que alimenta a las instituciones, y no al revés; y si se han vuelto defectuosos, es porque el ser humano lo es hoy más que nunca… No culpemos al coche, culpemos al chófer. Justo, lo que está ocurriendo. No podemos “utilizarlas” cuando hemos perdido el sentido auténtico de esa precisa palabra, que es “hacerlas útiles”… Sus principales miembros parecen ser sus principales enemigos.

En la última cumbre de estadistas de varias naciones, en Barcelona, Zapatero deslizó una de sus untuosas paridas, como aquella de la Alianza de Civilizaciones, y fué cuando dijo que “esto se acaba prohibiendo las guerras como resolución de conflictos”, y remachó, como el inventor de conceptos que es: “Aboliéndolas”… Pero, para eso mismo se fundó la Onu, ¿no?.. A ver, ¿quién las prohíbe y cómo se lleva a efecto?.. ¿acaso él, como escurridor de ideas brillantes?.. ¿y con qué poder?.. Yo me quedé ojiplático cuando le oí descargarse de tan insigne chorrada.

El único poder para acabar con las guerras reside en la voluntad intrínseca de cada ser humano. De todos. Absolutamente. No por ocurrencia iluminada del que apunta a que se le ha aparecido la Virgen en descampado… Mientras exista un solo sátrapa que mande, y un infeliz que obedezca, no se acabarán las guerras. De hecho, el asunto de Caín y Abel aún es un episodio inconcluso dentro de la evolución humana; y ninguna iglesia, ni religión, ni comunidad de naciones, han logrado superarlo… Aquí baja el mismísimo Jesucristo a decir “no matarás, y lo interpretamos como “matar en nombre de Cristo”, matando antes al propio Cristo, claro.

Pero tenemos que cambiarnos a nosotros mismos antes de cambiar el mundo, por la simple razón que, si tenemos la sensación de que ha empeorado, es porque nos hemos empeorado a nosotros mismos.; y para hacerlo mejor, habremos de mejorar nosotros… No hay otra salida, ni otra verdad que esa: moderar el jodido péndulo.

        Miguel Galindo Sánchez / info@escriburgo.com / www.escriburgo.com

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