IGUAL ES QUE SOY "TRANS"...

 

Al igual que Rosa Montero afirma en uno de sus enjundiosos artículos, a mi edad, yo también me declaro “Trans”… Como en una salida de armario (en mi caso, baúl) largamente meditado, me declaro “Transtemporal”. Esto es, no me reconozco dentro de mi aparente entidad, pero sí lo hago en mi tampoco menos aparente identidad. O algo así… Vivo en un tiempo que, como Santa Teresa, “vivo sin vivir en mí”, aceptando a la fuerza ese mismo tiempo en el que no me reconozco, o con el que no me reconozco, – por lo atemporal – aunque tenga que rendirme a la temporalidad de lo físico… Trataré de explicarme, dentro de lo posible, naturalmente.

En estos días, me encuentro con las rodillas hechas picadillo; con un catarro cabezonasal de tres pares de narices; y con mi dolor del sacro puesto en todo lo suyo; pero, por lo demás, estoy cojonudamente, gracias a Deus. Y también por estas fechas estoy en tránsito a mis 79 cumpleaños… Y quizá por todo eso y algo más lo de mi sensación de transtemporalidad que les decía. Esto es, por un lado me atizan achaques muy temporales (las piezas del cuerpo acusan su caducidad), pero mi mente es cada vez más atemporal, o intemporal… Intelectualmente intento escapar de la jaula espacio/tiempo, pero mi cuerpo se empeña en mostrarme lo demostrable: la jodida cártcel y puñetera limitación de lo físico, de lo que no escapo ni dando saltos.

Decía Oscar Wilde, que tenía frases brillantes para todo, que “lo malo no es envejecer, lo malo es no saber envejecer”… Es algo de lo que nuestra actualidad ofrece muchos y muy variados ejemplos. Los viejos no quieren (queremos) admitir la edad que tenemos, y entonces nos escondemos en mil subterfugios de frases más o menos ingeniosas, pero lo único que demuestran es que no queremos aceptar nuestra realidad más actual, y es que sumamos (a la vez que restamos) años, de los que solo valen las experiencias. Entonces, en vez de evaluar lo que sabemos, y ponerlo en perspectiva, huimos al pasado disfrazándonos de jóvenes… otra vez. Y queremos engañar al tiempo a la vez que a nosotros mismos; y eso no es madurez, eso es cobardía.

El adoptar comportamientos pasados es patetismo, no realismo… Yo no me quiero disfrazar de lo que ya he sido, y peor para mí si no lo he aprendido; lo que intento es asumirlo y transtemporalizarlo, válgame el palabro; lograr una síntesis de lo vivido, para enriquecerme a mí mismo en lo posible, y sin perder la dignidad, pero no para emular en un tiempo de situaciones vividas en otro tiempo, eso es un absurdo… Yo no puedo borrar lo que ya he vivido para escribirlo de nuevo, pero es que tampoco quiero hacerlo, pues me parece como una traición a mis propias vivencias. Vivencias que, mejor o peor, son personales e intransferibles, y solo nos valen a cada uno de nosotros… Los revivales son malas imitaciones, búsquedas ridículas de lo ya encontrado – cada cual lo suyo – y que forma parte del patrimonio espiritual de ese mismo cada cual… O eso mismo pienso yo, con su permiso.

Sería bueno que, al menos, supiéramos distinguir un par de cosas, y separar la una de la otra, pues, aunque vengan juntas, nunca es lo mismo, ni jamás lo serán: Por un lado funciona el cuerpo, un vehículo exclusivamente material, y dispuesto para ser habitado por una determinada entidad-identidad, en cumplimiento de algún fin concreto. Esa masa, pura materia, sujeta a la ley de entropía universal, igual que tiene un principio, habrá de tener su final; y consecuentemente, envejece, y enferma, se estropea, y padece achaques (desajustes) hasta que casca.

Y, por otro lado, tenemos a esa id-entidad de energía espiritual, que lo utiliza, y que, por el contrario, no está sujeta a ciclo alguno de nacimiento-muerte, ni, en consecuencia, a padecer peplas de origen físico, ni a que pille ninguna gripe, ni padezca artrosis, ni a que se le ponga el sacro a jodernos el tiquitaca… Nada que ver lo uno con lo otro. El primero de ellos es un medio, y el segundo es un fin, un propósito. Incluso, a veces, ese fin llega a usar infinitos medios para lograr su propósito.

Por eso resulta un poco idiota el distraer nuestra parte más importante, consciente y determinante, para volver a jugar a ser jóvenes, en vez de intentar fortalecer lo más auténtico y genuino de nosotros mismos, que es tratar de interpretar el significado de esas nuestras vidas… y no el de nuestras edades. Le estamos prestando más atención a nuestro aspecto superficial que a nuestro valor intrínseco de personas. Verdaderamente, lo vemos al revés de cómo es… Decimos que “La edad no está en el cuerpo, sino en la mente”, cuando es todo lo contrario: la mente no entiende de edad, ni de tiempo; es el cuerpo el que lo tiene de caducidad.

Así que un servidor, si no tienen inconveniente (y si lo tienen, pues también) me declaro “Trans” con el debido respeto; pero no transexual, que es como torcida y maniqueamente se entiende, sino como eso: como transtemporal… No quiero sentirme, ni estar, jóven; pero sí quiero sentirme fuera de todo tiempo, que es, precisamente, sacudirme el servilismo de lo joven y de lo viejo, que es, a la postre, la estúpida trampa que nos hemos construido y en la que tanto nos miramos. El querer aparentar ser mayor de joven, como aparentar ser joven de mayor, no deja de ser más que un cretinismo ilustrado.

De ahí, quizá, que no tenga miedo a morir; a lo que tengo miedo es a morir mal, entiéndanme… Me gustaría hacerlo como el gran Paco Rabal en su película “Pajarico”, cuando, tras su última frase de “¡qué bien se está cuando se está bien!”, la espichó tan divinamente bien. Al fin y al cabo, no deja de ser una “trans”temporalidad más, dentro de lo que estoy tratando en éste de hoy, ¿no les parece?.. Y conste in aqueste acta que asumo el que algunos cuántos, o algunos muchos, puedan sentirse molestos por verse (creerse) retratados, pero no es esa mi intención. Tan solo he tratado de quitar un clisé y poner un espejo en su lugar… Así que ustedes sepan comprenderme, si quieren.

        Miguel Galindo Sánchez / info@escriburgo.com / www.escriburgo.com

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