NUESTROS FANTASMAS

Últimamente vienen visitándome todos los fantasmas del pasado… Unos más sutiles que otros; unos más cercanos, otros más lejanos; a veces vienen relacionados, como en secuencia y consecuencia los unos de los otros; e incluso los que parecían olvidados siguen ahí, como girones de una niebla que nunca, jamás, desaparece, porque es parte de la propia niebla que nosotros somos en nosotros mismos y para los demás, y en todo lo demás.
Quizá sea cosa de la edad, o quizá sea otra cosa en la que habré de pensar; o quizá sea ambas cosas a la vez y al mismo tiempo, que vienen enganchadas en ese mismo tiempo, como parte también del tiempo… Algún avisado, o avisada, me dirá que eso no son otra cosa que recuerdos, como queriendo buscarle un archivo adecuado en una especie de álbum de pátina sepia. No lo negaré yo. ¿Pero acaso nosotros no estamos hechos de recuerdos?.. ¿no estamos formados de recuerdos ajenos y de nosotros mismos, tejiendo experiencias comunes?..
Piénsenlo, a ver qué somos o de qué está formada nuestra materia sutil en realidad… Unos aparentemente más cercanos que otros, como familia, amigos, o como simple relación normal o casual, todos han formado parte de nuestra vida, y nos han conformado en lo que somos, en mayor o menor medida. Lo queramos o no reconocer, ellos sí que nos reconocen a nosotros, mientras nos llega un tiempo en que todos nos reconoceremos en nosotros mismos. A todos llega. A todos nos llega…
Lo que pasa es que los mal-llamamos fantasmas, para así, de esa forma, juzgarnos a nosotros mismos de vivos. Craso error. Algunos de nuestros fantasmas del pasado aún acompañan nuestro presente, y los que ya están en el no-tiempo (Einstein) son tan reales como en el propio tiempo en que estuvieron – o mejor, en el que coincidimos -y que nos dejaron su huella, como nosotros tuvimos que dejarle la nuestra. Con los que aún compartimos actualidad, hemos construido un pasado común que forma parte de nuestra propia existencia y presente, lo neguemos o no. Estamos aún aquí o ya no estamos… Y los que fueron (y yo creo que en algún lugar del tiempo y el espacio siguen estando) ocurre exactamente igual.
De ahí que me resista a etiquetarlos como fantasmas, aunque así lo haga para que la gente me entienda… O precisamente por eso mismo: reúso a hacerlo para que el personal empiece a comprender que, una de dos: o no entendemos lo que significa el concepto de fantasma, o, en todo caso, estamos maltratando su verdadero significado, pues al llamarlos fantasmas les otorgamos un concepto de irrealidad a lo que fue – y todo lo que fue lo sigue siendo – tremendamente real para con nosotros mismos. No tiene sentido que lo despojemos de su verdadero sentido… Digo más: mejor que los reconozcamos en la querencia que les debemos, y que nos hermana por lo que juntos fuimos, y/o nos hicieron ser y sentir. Y por lo que por separado somos.
No me preguntéis porqué hago esta especie de especulación/reivindicación a estas alturas de mi vida… Puede que sea, precisamente, por eso mismo: por que estar a estas alturas del paisaje es como mejor se ve al paisanaje. Cuestión de perspectiva, al fin y al cabo… Los que han hecho escalada saben que la montaña se ve mejor desde su cima que desde su pie, que es lo generalmente se cree.. Desde arriba se tiene la experiencia de subida, y desde abajo solo se posee la apariencia de esa subida.
Y nuestros queridos fantasmas nos ayudaron – y nos ayudamos mutuamente – a subir nuestra particular y personal montaña. Ninguno es desmerecedor de nada ni de nadie, pues todos formamos parte de la misma cuerda (así se conoce al grupo de escalada en el argot alpinista)… Lo que pasa es que esta es una enseñanza tardía en el ser humano. Por alguna razón, en las primeras partes de nuestras vidas solemos acaparar nuestras experiencias sin darles el valor preciso de lo que en realidad son: se experimenta lo que se comparte. Y es lo que nos condiciona y conforma nuestro objetivo de existencia.
Yo espero y confío haber llegado a tiempo de la penúltima lección. El valor que se les dá a las cosas no es enseñado, sino aprendido… No está en la posición del que enseña, sino en la disposición del que aprende. Y, a lo mejor, o a lo peor, no lo sé, esa disposición o lo que sea, está más en no posicionarse que en posicionarse. Precisamente. En lo pragmático que en lo dogmático. En estar abierto a todo, sin estar cerrado a nada; en verlas llegar sin tener que esperar…
Soy consciente que muchos, y tampoco tantos, quizá solo algunos pocos, vengan hoy a preguntarse a qué leches este peñazo… Tampoco lo sabría decir. Sirva tan solo como reflexiones que me vienen a destiempo – o quizá a su justo tiempo – y que comparto con los/las que aún me siguen, así, sin más, como el que dice por decir, o como el que habla para sí mismo dentro de sí mismo. Estoy seguro que un mínimo me habrá cogido el hilo de este artículo, y sabrán lo que quiero decir. Como a algunos pocotros – permítanme al palabro – se les quedará el sonsonete de la copla, y a lo mejor mañana, o pasado, o puede que al otro, empiece a sonarle a familiar y cercana… Llegado el momento nos suele pasar a todos y cada uno de nosotros: que nos suena una música vieja que habíamos olvidado, pero que vive en nosotros, porque nosotros estamos hechos de sus notas.
Miguel Galindo Sánchez / info@escriburgo.com / www.escriburgo.com
Comentarios
Publicar un comentario