AQUEL OTRO CURA

Hace décadas cayó por estos lares un diácono, que, tras ordenarse sacerdote, le dieron la parroquia de Roldán… Era jesuita, Luís Izquierdo, culto, educado, y muy peculiar, que, antes de eso, ayudó al cura de Torre-Pacheco, Ángel Martínez, en sus labores parroquiales, y que movió a la gente joven por su dinamismo extrovertido y un tanto fuera de uso… Los de mi grupo de amigos trabamos una muy buena relación con él, y éste servidor que os escribe tuvo la suerte de tener una no menos buena amistad intelectual con él. A veces, se nos hacían las tantas charlando en la terraza de mi casa. Le dejé mi viejo Simca 900 hasta que se aposentó en su nuevo y vecino destino. Y era conocido porque llevaba un crucifijo, no colgado al cuello, como cabría suponer, sino en la cintura, sujeto a la correa del pantalón, como una canana pistolera.
Me decía que había un par de motivos para su estrafalario uso: primero, porque un crucifijo es un arma para destapar conciencias, y segundo, porque llevarla así llamaba la atención y eso le permitía contactar con la gente… De hecho, yo creo que solo usaba la casa parroquial para dormir, porque comía allí donde le pillara. Sus ideas, entonces, eran un tanto epatantes, y eso, y su comportamiento expansivo, le permitían un trato fácil y fluido con la gente, si bien que no a todos caía bien.
En el sótano de la iglesia de Torre-Pacheco, llegó a establecer, en su diaconado, una especie de “paramisas”. Lo llamaba “Liturgia de la Palabra”, creo recordar, cosa que jamás he visto por otra parte después de que él lo hiciera – o ensayara – aquí… No se podían llamar Misas porque no había consagración, y, por ende, tampoco necesitaba sacerdote. Él traía sagradas formas, previamente bendecidas, para aquel que quería comulgar, pero era, claro, tan solo que una opción añadida… La fórmula era sencilla: se leían en comunidad algunas lecturas evangélicas, para luego tratarlas, desmenuzarlas, y discutirlas en asamblea. Aquello se atestaba de jóvenes, y comenzaron a acudir personas mayores cada vez con más asiduidad.
Naturalmente, el conflicto tenía que presentarse tarde o temprano, pues la balanza comenzaba a inclinarse a favor de esta fórmula en demérito de la Misa ortodoxa. Había veces que esas Liturgias de la Palabra la llevaban seglares, exclusivamente, mientras él aparecía o desaparecía de allí… La cuestión, claro, es que aquello tuvo que terminar, y aún me pregunto cómo lo dejaron empezar. Él nada inventó, pues así funcionaban las primeras comunidades cristianas, pero desplazaba peligrosamente el objetivo, que no el fin, porque, si lo importante del cristianismo es divulgar su mensaje, no se entiende que la ortodoxia católica lo manipulase en ese sentido a lo otro. La involución de una curia eclesiástica acomodada y rebozada en sus intereses, en sus ritos y sus mitos, y en sus esferas de influencia y poder, no podían permitir que nueviejas fórmulas que pasan el protagonismo a los fieles, más vivas e interesantes, le quitaran cuota de mercado. Y así se hicieron volver las aguas a sus marcados cauces.
En otra ocasión, una semana santa, en el salón parroquial de la iglesia de El Jimenado, a cuántos quisimos ir, claro, nos organizó una Cena al estilo de cómo se celebraba en la pascua judía… Así que allí nos plantamos un no escaso número de curiosos que superaba bastante a los asistentes de los que se rodeó Jesús en su última… La cuestión era, por supuesto, acercarnos a los orígenes y explicarnos los porqués de lo que muy bien pudo ser, y de lo que la gente se cree que fué. Desde luego, fue toda una sorpresa. Nos encontramos alrededor de una larga mesa en la que había repartido sus buenas jarras de agua, unas hogazas de pan ácimo (sin levadura), y generosas bandejas de hierbas amargas (cúrcuma).
¿Dónde está el vino y el cordero?.. preguntamos más de uno. Se celebra la liberación judía de Egipto, en recuerdo del amargo éxodo del pueblo hasta la tierra prometida, y se come en memoria de lo que tenían: el agua que recogían de los pozos, las hierbas que encontraban por el camino, y el pan de torta que podían amasar… Lo del cordero es la metáfora de Cristo, su sacrificio; y el vino la de su sangre entregada para redimirnos al resto de pencos. Un añadido simbólico a la judía genuina y auténtica, que conmemora lo que conmemora. “Todo lo demás, es otra cosa”, acabó diciendo, para que cada cual pensáramos lo que hay de realidad y lo que hay de añadido.
Pero me ha venido Luís a la cabeza por lo que está haciendo Israel con Ghaza, con Cisjordania, con Líbano… Entonces ya nos dijo a unos pocos (se ve que los conocía bien), que los judíos eran un pueblo belicoso, astuto, expansivo y cruel. Que su naturaleza es menos caritativa que perversa; que son tan vengativos como el sanguinario dios al que obedecen y adoran: Jehová. Y casi que entonces nos predijo lo que iba a pasar en cuanto se volvieran poderosos… Era un profundo estudioso del nacionalismo semita, y sabía muy bien lo que decía… “Alguna vez os daréis cuenta de que son como la langosta”, y no iba muy descaminado aquél otro cura.
Es casi incomprensible cómo ha utilizado la Historia para pasar de pueblo víctima del holocausto nazi, a pueblo verdugo de sus pueblos vecinos más débiles… Netanyahu es la cabeza visible, pero sus colonos ortodoxos, que roban tierras y ocupan casas por la violencia y la muerte de sus habitantes (lo de Hezbolá es la excusa perfecta), ya lo hizo en Nínive, y en Jericó, y con cuanto pueblo pilló por el camino. Hoy lo sigue haciendo exactamente igual. Son inhumanamente nacionalistas y populistas, y muchos de nuestros políticos los admiran profundamente.
No sé por qué, ni cómo, Luís Izquierdo, aquél otro cura, ya lo sabía entonces, y yo lo tachaba de exagerado en sus convicciones, y nos reíamos… Hoy ya no me rio. Veo la locura genocida de la que hacen gala y fortaleza, y siguen proclamándose como “pueblo elegido”, feroz y fanático. Y entonces empiezo a preguntarme cosas que creía saber, y a contestarme cosas que debería haber sabido.
Miguel Galindo Sánchez / info@escriburgo.com / www.escriburgo.com
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