NACIMUERTE

Fue en 1.955 cuando Albert Einstein, un mes antes de morir, escribió una carta de pésame a la familia de su amigo Michele Besso, recién fallecido, en la que expresaba:
“La muerte no significa nada… Para nosotros, que creemos en la Física, la separación entre pasado, presente y futuro solo tiene el significado de una ilusión, aunque persistente”…
La lógica que desprende, desde el punto de vista de la relatividad, de que pasado, presente y futuro es una ilusión, un espejismo, parece chocar de lleno con nuestro sentido común, o lo que entendemos por “sentido común”, puesto que ese sentido común no deja de ser una especie de atajo intelectual que consideramos de utilidad para movernos por el mundo, pero que, en realidad, resulta engañoso a la hora de examinar la esencia de las cosas… Hace tiempo, por ejemplo, suponer que la tierra era plana (aunque aún haya gente que lo crea) en su época bien pudo ser una aproximación para entender la vida cotidiana, pero una muy mala asunción para entender la verdadera realidad de nuestro planeta y su relación con nuestra galaxia, y, por extensión, el universo entero.
Exactamente igual nos pasa hoy acerca del transcurso del tiempo, que nos puede valer a escala humana, pero no se sostiene en el momento de analizar su verdadera naturaleza, cuya realidad es mucho más rica, completa y fascinante… Resulta muy curioso que Einstein, en vez de decir “los que creemos en Dios” (y él era profundamente creyente), soltara lo de “los que creemos en la Física”. Con eso, quería señalar su creencia científica en lo medible y mensurable, lo palpable, sobre lo que tan solo era un dogma de fe de las religiones. Algo mucho más concreto que una simple creencia. Recordemos su más famosa frase: “Dios no juega a los dados”.
Si científicamente es demostrable que la sensación-tiempo en pasado, presente y futuro, no existe en la realidad, sino, como él afirma, vivimos un “presente-contínuum”, se está diciendo que vivimos una eternidad, más que EN una eternidad… De ahí a la NO existencia de la nuestra, solo hay un paso. Cuando hablamos del transcurso de ese tiempo entre ambos extremos, parte de la confusión surge de que ese concepto encierra muchos significados distintos, muchas ideas diferentes, según nuestra formación y creencias, pero A. Einstein aboga por dejarlo todo de lado y centrarnos en lo que la ciencia afirma al respecto. Y esa ciencia, lo que demuestra es concluyente. En resumido: el tiempo, entendido como una coordenada imprescindible para describir el mundo – y la vida – puede no ser una ilusión, pero la manera, la forma, en que lo percibimos, sí lo es.
Dice un adelantado científico quántico español, Alberto Casas, que “el avance del “tiempo” que sentimos (y con frecuencia odiamos) es, probablemente, una ilusión, tal vez la mayor alucinación colectiva de toda la humanidad”… Y pone el ejemplo de que estamos sentados en un tren de espaldas a la máquina, “que solo vemos el paisaje ya viajado, pero del que ignoramos el paisaje aún por viajar”, pero que es tan irreal como el uno como el otro, si tomamos lo visible (pasado) y lo aún no visible (futuro); y sin embargo, desde fuera del tren, todo está ahí, estático (presente)… No me digan ustedes que esa exposición carece de lógica. Incluso especularmente tiene todo el sentido del mundo. Por eso que, independientemente de nuestras fes y creencias, en definitiva, la física nos ha revelado muchos aspectos fascinantes sobre la naturaleza de ese tiempo; pero existe una cosa segura: no es lo que parece, aunque aún ignoramos lo que es en su más profunda esencia, que no ausencia.
Pero no nos apartemos del sentido con el que el padre de la Teoría de la Relatividad lo escribió: el del consuelo. Quiso decir a los deudos de su amigo – desde su convicción científica – que la muerte no existe… por lo menos no existe como nosotros creemos que es. Lo que pasa con este asunto es que la religión, si bien reconoce una especie de “vida eterna”, vinculada a la figura de Cristo,,. no quiere perder el concepto de “muerte”, para tampoco perder el de “resurrección”. Esa es, precisamente, la cuestión.
Sin embargo – ciencia dixit – si no existe la muerte no tiene existencia resurrección alguna, y eso la obligaría a plantearse historias que no quiere afrontar, o mejor dicho, confrontar… Como última concesión, para nacer a una realidad hay que morir en otra, y viceversa, pero eso supondría travestir la idea de una existencia continua, que es lo que promulga la ciencia, dentro de un estado evolutivo en una igual de continua progresión, aunque aparentemente pueda parecernos que no es enteramente así.
Y eso es porque en el ser humano se dan cita dos aparentes opuestos: la materia y la energía (aun siendo en origen lo mismo) en forma de masa e inteligencia espiritualizada (es una forma de decirlo)… La primera obedece al principio universal de la entropía, y sigue el curso de aparente desaparición para su transformación; y la segunda también sigue su curso en su campo de energía inteligente (o, por lo menos, intelectual). Y es a esa virtual separación temporal a lo que llamamos muerte, sin llegar a serlo realmente…
Entonces, llegados a este punto, solemos preguntarnos que por qué este lío; a qué este follón de no tenerlo claro desde un principio… Y quizá se deba a que tenemos conciencia de nosotros mismos, pero no tenemos consciencia de lo que en verdad somos. Y no somos conscientes de esa verdad cósmica; del engranaje global del que formamos parte, tanto a nivel personal como a nivel colectivo… Por eso que nuestro sabio amigo consolaba con la certeza de su ciencia, que era su mejor conciencia, independientemente de la creencia. Yo me limito a exponerlo aquí, en la confianza (con fe) de que pueda servirles de algo a algunos de aquellos que me lean.
Miguel Galindo Sánchez / info@escriburgo.com / www.escriburgo.com
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