LA VIDA VIVIDA

Ya sé que es un título retórico, pues solo se puede vivir la vida, toda vez que se nace para vivirla. Es el objetivo de la misma, al fin y al cabo… Por eso parece un absurdo el pararse a dedicar un artículo a tamaña tontuna. Pero es que, a algunos, y a ciertas alturas, nos llega un momento en el que nos preguntamos si esa vida vivida ha servido de algo para alguien, o, por el contrario, no ha servido de nada para nadie; o para tan pocos, por la cosa de respetar el beneficio de la duda, naturalmente.
Nos preguntábamos un amigo y yo en cierta ocasión, y casi que compartíamos el mismo sentimiento, o quizá que tan solo llegue a sensación, y no a un sentimiento real. A veces, confundimos lo uno con lo otro sin llegar a descifrar la diferencia entre ambos conceptos… Pero la cuestión es que, antes o después, más o menos, llegamos a preguntárnoslo, y no tenemos a mano una respuesta que nos resulte convincente. Muchas veces son contestaciones importadas e impostadas que nos llegan de credos ajenos, o propios, a fuerza de sernos machacados metódica y dogmáticamente. Ustedes ya me entienden…
O eso creo… que, a lo mejor, es algo que muchos de los que me lean han llegado a planteárselo ni de lejos. Al fin y al cabo, la subjetividad humana alcanza a cada persona individualmente, al menos a estos niveles de conciencia, o, también al menos, así me lo parece a mí, claro… Pero, bueno, el caso es que estas cosas ocurren, y, llegado el momento, es mejor encararlo y tratar de entenderlo, a espantarlo por no querer aceptarlo, o no sentirse preparado para hacerlo, que esa es otra que puede pasar, y tampoco sé si me explico… Sea como fuera o lo que fuera, yo lo traigo a colación aquí, por si a algún alguien le puede servir de algún algo.
Y la cosa es que una primera parte de esa vida, que entonces me aparentó larguísima a la espera de su resto, que no parecía llegar nunca, transcurrió en una especie de burbuja tutelada en que se nos hacía oscilar entre el ser el centro del mundo – de nuestro mundo, claro – y el no ser nada de este mundo; en lo que crecer se basaba en aprender, o al revés…Después, un ajetreado interior en una destartalada estancia (o así me pareció la juventud) en la que poner en orden las ideas parecía ser lo prioritario, y en donde se nos facilitaba el carcaj con algunas flechas que lanzar, un arco que utilizar, y un confusa por difusa diana a la que apuntar, y en un tiempo que aparentaba urgir…
Para luego lanzarme a un torbellino de acciones de supervivencia en el que intenté SER al mismo tiempo que ESTAR, y donde aún ignoro si gané lo segundo a costa de lo primero, o conservé algo de lo primero en la vorágine de lo segundo… Tanto me prodigué, y en tantas cosas y casos, que aquí, en esta instancia, o estancia, al contrario que en las primeras, el tiempo se hizo vertiginoso hasta el punto de faltarme todo momento, hasta el punto de agotarme por entregarme hasta que llegó el de pararme, y comenzar a mirarme, y a preguntarme…
…Y aquí estoy, otra vez preguntándome, de nuevo, lo mismo del principio: de qué, por qué, para qué, a quiénes ha servido todo esto… He agotado la vida que me correspondía – más o menos – y no tengo muy claro al servicio de qué. En el presente (el mío, claro) estoy instalado en un efecto que debe pertenecer a una determinada causa, eso sí que lo sé. Pero me parece tan paupérrimo y anodino que dudo si habrá servido para lo que pudo, o tuvo que servir, y si se correspondo lo uno con lo otro… Lo cierto es que creo saber lo que aún no estoy seguro. Y al revés. Y de ahí mis dudas; mis ya últimas dudas.
La religión me aclara menos que la filosofía antigua, pues se basa en una premisa falsa: Promete que Dios conectará contigo si tú conectas con la Iglesia correspondiente; esto es, condiciona según sus dogmas; y las culturas antiguas no te engañan, pues te dicen que si Dios no conecta contigo es porque Tú – tu yo profundo – ya está conectado con Dios, pero que descubrir eso no es tarea de Dios, sino de Tí mismo… Es tu problema, no es el suyo. Por lo tanto, igual me corresponde al Mí, el averiguar si he hecho algo que sirva para algo, o he hecho menos que ese mismo tal algo.
Así que me miro y revuelvo en mi mochila de las experiencias, que es la única a la que agarrarme; y sí, bueno, vale, entre los muchos errores y los pocos aciertos cosechados, y si es verdad que hasta de los primeros se aprende, pues alguna magra tajada sacaré de mi chatarra, pero sigo sin ver por ninguna parte los intereses de los talentos invertidos, por hacer cita de lo que dijo Jesús en su Evangelio… Y eso me incumbe a mí solo, que no lo digo por los demás, quede claro, que luego háyslos y hayslas que me dicen que siempre ando juzgando a todo quisque; y es que me busco en ellos y no me encuentro.
Cuando era un niño, ofrendaba el diente caído en combate a un Ratón Pérez, sabiendo que alguna peladilla, o algún par de reales, se aflojaba por alguna parte. Era como un toma y daca… A los Reyes Magos ya tenías que certificarles que habías sido más o menos bueno, y ellos creérselo a pies juntillas, y algún juguetucho se les escurría de sus faltriqueras; y eso duraba mientras algún alguien creía que tú creías, hasta que ya nadie era capaz de creer en lo que no existía. Pero valía mientras servía; y servía a un propósito, o quizá a más de uno, no sé…
Pero ahora estoy a solas conmigo mismo, y solo puedo preguntar a mi ese yo mismo si mis dientes y mis muelas caídas en el empeño sirven para algún apaño; o si he sido lo suficientemente bueno como para no haber sido malo del todo; o si lo hecho y lo deshecho vale como para merecer alguna bagatela que me alegre el final del camino… o que me alivie el tránsito, para ser más precisos. “Busca dentro de ti, y no en templo alguno”, me sopla también el mismo Cristo desde ese mismo Evangelio, pero solo contesta un eco a mi pregunta; una especie de “contéstate tú mismo a ti mismo, que para eso naciste”… Y me quedo aún más tonto de lo que ya estaba.
Miguel Galindo Sánchez / info@escriburgo.com / www.escriburgo.com
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