SABER PARAR

Hoy, cuando el ser llamado humano no está trabajando, está de fiesta, de comida, de viaje… Cuando no está produciendo, está consumiendo; cuando no está ocupado en unas cosas, está ocupado en el hedonismo y el narcisismo, pero pocas, poquísimas, se ocupa de mirar en sí mismo y a su alrededor. Huye de su entorno y de su persona real como de la peste… Ignora que la contemplación es la mejor ocupación.
“Nunca se es más activo que cuando no se hace nada; nunca se está menos solo que cuando se está consigo mismo” (Catón). Es una enseñanza olvidada, porque confundimos el ponerse a pensar con lo que entendemos – falsamente – por ociar… En pocas palabras: preferimos la dispersión a la concentración. Valoramos lo que menos valor tiene. En román paladino: practicamos la huida, pero, ¿hacia dónde?.. Que cada cual se responda por sí mismo, comparándose consigo mismo.
Aristóteles también decía que “huyamos de la buena vida, pero practiquemos la vida buena”… Nuestro problema es que hemos perdido absolutamente nuestro sentido de la orientación al escoger lo transitorio en vez de lo transcendente. A veces, el sentarse a intentar integrar en uno el árbol que tiene enfrente, o, al revés, pero que es lo mismo, el asimilarse uno a ese mismo árbol, es una actividad mucho más importante que todo lo extemporáneo que se nos pueda ocurrir. Precisamente, la etimología del significado de extemporáneo es “fuera del tiempo”, pero no esclavizarse a ese mismo tiempo, sino aliándose con él para distanciarse de él. Haz tuyo el tiempo, pero no dejes que el tiempo te haga suyo.
Nieschtze lo define como “la facultad de decir que no”… Por ejemplo, en la meditación zen, uno intenta alcanzar la pura negatividad del NO HACER, es decir, el vacío liberándose de toda la avalancha de objetos, cosas y pensamientos-objeto. En realidad es un proceso sumamente activo, y, por lo tanto, lo menos parecido a lo que conocemos (mal conocido) por “pasividad”… El hombre actual está cada vez más lejos de entender esta idea, por eso admito el riesgo de que planten la lectura de esto que escribo aquí, y se larguen a otros quehaceres que consideren más importantes.
He citado a Nieschtze, pero déjenme transcribirles un párrafo de su “Así hablaba Zaratustra”. Merece la pena echarle una pensadica: “todos vosotros, que amáis el trabajo desenfrenado y el hombre rápido, nuevo y foráneo, os soportáis mal a vosotros mismos. Si creyerais más en la vida, no os entregaríais tanto al instante, ¡pero no sois lo bastante sustanciales para saber aguardar, y ni siquiera para la vagancia!”. Y no, no es éste un alegato para hacer el vago, todo lo contrario, es una llamada contra el vagar, que es nuestro errar.
Todas estas citas de autores consagrados con que he adobado el menú de hoy, pertenecen a una sabiduría antigua que hemos olvidado, y lo que es peor, que en la actualidad desterramos de nosotros mismos como si fuera una actitud negativa, cuando, por el contrario, es también de una aptitud positiva, que fue plantada en el ser humano para ser utilizada como regeneración en su evolución… No es esto una oda al “dolce far niente”, ni muchísimo menos. Es todo lo opuesto.
Precisamente, el recién Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, otorgado al filósofo germano/coreano Byung Chul-Han, ha sido por el desarrollo de su pensamiento en ese mismo sentido; por su análisis de la deshumanización actual, la digitalización y el aislamiento humano en la era tecnológica… Su principal libro, “La Sociedad del Cansancio”, expone las claves del cómo, y el por qué, el ser humano sigue el camino del no saber buscarse a sí mismo por temer encontrarse consigo mismo, siendo esto, en definitiva, un contrasentido, una negación de sí mismo.
Coincido absolutamente con sus tesis, porque son las mismas en las que, desde hace mucho tiempo, incido y doy la lata en mis escrituriajes… El ser humano no necesita producir tanto para cubrir sus necesidades sobradamente, y dedicar su tiempo a su propia evolución, que es, al fin y al cabo, su redención. Sin embargo, se ha convertido en un desaforado productor, agotador de sus medios naturales, para unas oligarquías financieras y monopolistas, que, encima, nos venden esos mismos productos a precios abusivos. Ellas son cada vez más ricas con nuestro trabajo, y nosotros cada vez más pobres a pesar de nuestro trabajo.
Somos esclavos de las cadenas que nos hemos forjado… Y para que no nos demos cuenta de ello, las mismas oligarquías nos financian gobiernos que nos suministran el “Panem et Circus” necesario para ser pensados por ellos y no pensar por nosotros mismos. Esa, y no otra, es la estrategia. Y nosotros picamos como gilipuertas porque nos han convencido de que esto es así: un carrusel que nos lleva del trabajo al consumo, y del consumo a la ocultación de nuestras propias capacidades… como no sea, claro, la vacua diversión, la otra cara del negocio.
La cuestión está en atreverse a parar. A detener la noria. Parar y pensar, y sentirse auténticamente libres para, por, con y en nosotros mismos… Sin embargo, no sabemos hacerlo. Cuando paramos, solo pensamos a dónde vamos a ir; en qué vamos a solazarnos; a qué viaje, comida o fiestas nos vamos a apuntar. Justo, el mejor veneno edulcorado para alejarnos de nosotros mismos es dar la apariencia de lo contrario: el amogollonarnos… Y, al que quiera tomar distancias de la senda trazada, se le crucifica, y aquí paz y después gloria, que es la mejor aplicación del sistema…
Miguel Galindo Sánchez / info@escriburgo.com/ www.escriburgo.com
Comentarios
Publicar un comentario