SENSACIONES

La cotidianidad es un lenitivo para la inseguridad. Parece como si la rutina protegiera; es cómo crear familiaridad en tus actos; y que el ritual de los días teja un capullo donde sentirte seguro… Sin embargo, también supone, a la vez, una especie de cobardía autolimitante. Algo que, al mismo tiempo que te otorga calidez y comodidad, también te inyecta una impotencia paralizante. A modo de anestesia. A veces es como un sueño letárgico a la espera de un final que parece no terminar de llegar… o quizá es que tan solo lo aparenta. A mí me parece que es el ensayo de una suerte anunciada.
Hace unos lustros ocupaba más espacio del tiempo del que tenía, y hoy ya me sobra lo segundo para ocupar lo poco que necesito del primero. He encogido en ambos dos lo suificiente como para preguntarme si era tan necesario hacer lo que hacía, y con la prisa que lo hacía… No lo sé, pero no pierdo la esperanza de que, alguna vez, llegue a saberlo. La verdad es que lo considero necesario para montarse el avío del último tramo de camino… Es tu experiencia, me digo a mí mismo, pero también me pregunto a ese mismo yo: ¿tánto tiempo y espacio para tan escaso paquete?..
Ahora, en los prolegómenos del epílogo, siento mi poco peso y limitado volúmen, y me planteo si será eso lo que se conoce por ir “ligero de equipaje”, aunque no lo sé con certeza… Tanto trajín para tan poca agua, me digo a mí mismo, a fín de intentar cuadrar las cuentas de lo que antes me faltaba con lo que ahora me sobra. Y lo que no me apetece, en absoluto, es rellenarlo de sucedáneos que no aportan nada a nadie, y que son viajes a ninguna parte… Me asomo a los contenidos, y veo que solo tienen continente; la cuasi absoluta vaciedad, y el vacío que no se llena con más vacío, al menos que yo haya aprendido…
Miro alrededor, y veo a la gente de mi edad disfrazada de lo que ya no son, y de comparsas de la más estúpida inanidad; y se me quiere convencer de lo positivo del cretinismo (espíritu jóven, creo que lo llaman) y de lo negativo de la realidad (madurez, lo llamo yo), pero me niego a aceptar lo que solo es decadencia, como también me niego a no aceptar lo que nos corresponde – o eso dicen – aceptar… Tampoco busco que nadie apruebe mi opinión, pues bien sé que tal sensación se enfrenta a la casi unanimidad de lo contrario, y así lo voy admitiendo en mi puñetera soledad de pensar como pienso.
Aquel que no se apunta a una charanga, a un bingo o a un Inserso, se le pone la cruz de anormal, de bicho raro, de amargado, de no saber la vida que se nos marca desde unos intereses muy marcados, mercados e interesados. Y así, entre anormales y normales anda el juego… Pero es que me espanta esa “Normalidad” predirigida y predigerida, en la que se nos ponen los arreos a los de mi generación. Por eso me falta el tiempo que aprecio, y me sobra del que desprecio. Y, al final, la conclusión es que, conforme me quedo sin esos anclajes y referencias de los que hablaba al principio, mi sensación es la de vivir cada vez más, un tiempo que, cada vez menos, va siendo ya mi tiempo… Quizá alguno, o alguna, “rara avis” con seguridad, lo aprecie o lo desprecie, igual que a mí me lo parece… O quizá no.
De ahí que llenar de cotidianeidad lo que ya solo es rutina me resulta cada vez más extraño, y difícil, incluso extemporáneo… “No me reconozco en el tiempo que vivo”, me dijo no hace mucho un querido amigo de mi quinta y de mis vivencias y querencias, y que está olvidando de poner nombre a sus “conocencias”, quizá porque no le trae a cuenta ya el esfuerzo por compartir aquello que a los demás les trae sin cuidado… Lo miro, lo abrazo, le transmito mi afecto, y comparto su pensamiento, que abarca mi sentimiento. Si él se va viendo como una isla en el mapa, yo igual me voy aislando con él en ese mapa que cada vez más desconozco.
No somos necesarios, amigo mío, y los que necesitamos y nos necesitan se están largando de aquí con el viento fresco del norte y con la música, su música, a otra parte que creen más cálida – le digo sin palabras que, entre nosotros, ya no hacen falta – y, en su mirada, creo ver la contestación, muda pero entendida, de asentimiento… Largarse con viento fresco que soplen en nuevas velas de nuestro viejo barco, es lo que parece decirme en uno de esos momentos de “calma chicha” en los que solo sus ojos me hablan, y es mi intuición la que me presta los oídos que ya también me faltan, pero que ya no necesito para saber escuchar de lo que me habla.
Nadie va a entender este artículo de hoy, acho, tío… Cuento con ello. Hay veces que solo se escribe para uno mismo, y para unos muy pocos. Es como hablarle a un confesionario sin cura dentro, en el supuesto que haya algo de vacío en una confesión; o como ponerse a pensar encasquetar un bolígrafo entre los dedos del pensamiento. No importa… Puede que algún álguien se reconozca, por poco que sea, en el mismo reflejo en el que yo me veo. Y entonces habrá merecido el intento. Y si no es así, pues tampoco se pierde tanto, al fín y al cabo.
Tan solo se pierde el tiempo, y el tiempo es de lo que todos estamos hechos, puesto que solo se hizo por y para nosotros… El tiempo fluye, al igual que nosotros fluimos, y es posible, puede ser, que el… ¿problema? que yo estoy tratando aquí es que ya no tengo dónde fluir, y, por lo tanto, me sobra un tiempo que no necesito… Sin embargo, me sopla la física quántica (a la que tan aficionado soy) que nadie ni nada está desconectado de nada ni de nadie; por lo que tan solo me queda sentarme – que no asentarme – al borde del camino, a mirar si lo que pasa ya lo conozco o merece la pena ser conocido, porque, la verdad, lo que veo solo son las cagarrutas de unas cabras a las que ya tengo muy vistas… Y no me merece la pena tragarme otra vez el desfile.
MIGUEL GALINDO SÁNCHEZ / miguel@galindofi.com / www.escriburgo.com
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