LOA AL SILENCIO

Para Eckhart, “si hay algo que se parezca a la divinidad, es el silencio”… Para mí, la cosa no es que llegue a tanto, pero se acerca bastante. Y eso es porque un centro comercial con la megafonía de cada vendealgo instalada en el pleno humano, por ejemplo, a mí me supone el más duro infierno. Una cosa así como un mal Bosco en plan moderno: hacinamiento y ruido. Y es que, el ruido es connatural con el hacinamiento. Mucho más si se le añade al comistrajo decibelios por un tubo para tontar al personal más de lo normal… Debe ser por aquello de que para vender bien, hay que amuermar mejor
La cuestión es que el ser humano ha ido derivando desde su natural silencio existencial a su artificial ruido habitual… Y está llegando a un extremo en que ya no sabe vivir de otra manera. O mantiene el sonido de fondo de la tele, o cualquier otro añadido, o incluso vecinal, si se tercia; pero la realidad es que huye despavorido del silencio. Estoy hablando, claro, de un general cada vez mayor, y de un particular cada vez menor… De ahí, que cuando nos falta la dósis de ruido doméstico, lo buscamos, instintivamente, en las calles… Calles, por cierto, cada vez más ruidosas, enfermizamente ruidosas: en el tráfico, las obras, en los cenutrios montados en vehículos a tubo de escape abierto y radio a todo volúmen…
Fíjense en un solo detalle social: donde más se frecuenta el “terraceo” es en las calles más concurridas y de tráfico, humano y comercial, y el interior de los locales es una contínua competición de hablar a voz en grito porque no nos dejamos escucharnos los unos a los otros… Cualquier “quedada”, sea por lo civil, por lo penal o por lo religioso, conlleva un acompañamiento sonoro y mediambiental de tres pares de narices. Y tonto el que no ponga buffles triples… Mientras que en otros valores hemos evolucionado, en este andamos en plena involución. Ya casi se le hace más caso al que más ruido arma. En eso, como en otras cosas, volvemos a lo tribal.
Que en las Bibliotecas, por ejemplo, tengan que poner carteles de “Por favor, guarde silencio”, es un índice claro y manifiesto de que hemos perdido la brújula y el oremus… Pero que ya se le vaya añadiendo la coletilla de “…o, al menos, haga sus comentarios en voz baja”, es la más neta declaración de rendición incondicional. El ruido, pues, está ganando la partida, o, si no, pregunte a cualquiera. Le dirá que el ruido es señal de vida, cuando es en el silencio donde se escucha el sonido de la vida… Digo más, si me lo permiten, claro: hay más vida en el trino de un gorrión que en un concierto de methal-rock.
Y eso se debe a un principio muy simple, pero que hemos desterrado de nosotros: cuando escuchamos el silencio, nos escuchamos a nosotros mismos; y cuando escuchamos el ruido, lo que escuchamos es el estruendo de los demás, y confundimos la auténtica escala de valores… A veces, llego a pensar que si Beethoven fue un genio de la composición musical, es porque era sordo. Solo les pido que apliquen la lógica… Nos hemos convertido en adeptos a los decibelios; no sabemos pasear por algún paraje sin llevar conectados auriculares en las orejas; vemos como normal lo que es absolutamente anormal; aceptamos como natural todo aquello que es artificial. Y de ahí que nos hayamos convertido en seres que huimos de nosotros mismos.
Esa exaltación del ruido al que llamamos música, se convierte en una conspiración contra la soledad sonorífica cuando el “chill out” nos acosa en los bares, en los súper, en todo lugar de concentración humana, y la corporación municipal ve muy conveniente poner altavoces en toda feria que patrocine, y hasta despertamos un domingo con Lady Gaga porque es el Día de la Bicicleta… Esto lo afirma Ignacio Peyró en uno de sus enjundiosos artículos, y yo lo confirmo, a pesar de que estoy medio sorderas y me he retirado a vivir al campo.
Quizá sea por eso mismo que aprecie más la compañía del silencio que cualquier otra ruidosa compañía… Fíjense que utilizo audífonos, y la mayor parte de mi tiempo no los llevo puestos; y es que el silencio reconquistado me hace más libre que el silencio perdido. Soy consciente que aprecio lo que otros detestan, pero la paz del no-ruido me es más rica en contenidos que lo que me ofrece el aturdidor vacío del ruido. Y ustedes sepan disculparme por pensar y sentir así, de ese modo, pues bien sé que, ante la fiesta rociera que un vecino impone a toda la vecindad, es al primero al que se le da la razón, y al resto a quiénes se la quitan. Esto es un hecho, y lo demás, un deshecho.
Por eso que un servidor esté catalogado como enemigo social… Hasta la Novena Sinfonía se convierte en un ruido insoportable cuando sobrepasa el volúmen aconsejable, y es que estamos perdiendo toda capacidad de lo razonable hasta para la buena música… Hasta las sensibles notas de Turnadot pierden su cualidad y calidad cuando martillean el cerebro a lo bestia. Nos trasladamos de lo social a lo tribal… Y esos tiene una razón, y un porqué, un sentido de buen sentido. Se llama Armonía. Y la armonía no es otra cosa que el perfecto encaje del sonido en el silencio, o de los silencios entre los sonidos, como mejor les suene a ustedes, y nunca mejor dicho.
Pensamos (y pensamos mal) que el silencio solo está hecho para dormir. Y que lo normal es despertarnos con el taladro del vecino madrugador, o la hormigonera de la obra en la calle, pero nos equivocamos. El silencio es esencial para conservar el equilibrio mental, y es la mejor tierra para hacer crecer el librepensamiento… Pensar es un atributo humano incompatible con el ruido, y, en este país por lo menos, aún sigue siendo una asignatura pendiente… Decía Shopenhauer que “el ruido es una tortura para el intelecto”. Si esa afirmación es cierta, que yo estoy convencido de que lo es, la intelectualidad española dejaría mucho que desear… ¿Qué por qué entonces no lo notamos, me preguntan?.. pues será por ese refrán de que “en el país de los sordiciegos..”
MIGUEL GALINDO SÁNCHEZ / miguel@galindofi.com / www.escriburgo.com
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