SOMOS LEGIÓN
En el
Evangelio de Marcos (5:9) se cuenta que, en la región de Gadara, Jesús se
tropieza con un hombre que estaba poseído, y al que el galileo pregunta cómo se
llama, y él contesta: “mi nombre es Legión”… Siempre se ha
entendido – o querido entender – como muchas entidades en una, pero muy bien
pudo ser al contrario, esto es: como uno entre muchas entidades idénticas; una
especie de uniformación del ser humano, hoy mejor conocida por el concepto de “alienación”.
Un ser alienado, en definitiva. También se conoce por gentificación, y tampoco
es un fenómeno tan extraño, al fin y al cabo.
Han pasado más de dos milenios, y la humanidad
sigue un camino de alienación de masas… Miles de millones de personas alineadas
por un consumismo desaforado; por un hedonismo destructivo; por un narcisismo
enfermizo; por un deportivismo patriotero; por un seguidismo ciego a las
religiones, o a los políticos netamente populistas… Vivimos un proceso de
enrasamiento y estandarización humana y colectiva que nos hace seguidores
ciegos de cualquier inanidad o intranscendentalidad, donde cualquier Rosalía es
capaz de convertirse en ese acertadamente llamado “fenómeno de masas”, o
catalizador de cualquier vulgaridad, por patético ejemplo.
Y no
deja de tener su punto de conexión con esas antiguas escrituras, por cierto, en
que la misión diabólica consiste por excelencia en uniformizar a quiénes fueron
creados distintos y diferentes… El demonio del que hace referencia el
evangelista, lo llama así: Legión, porque las cohortes romanas formaban todos
de uniforme y marchaban al mismo paso, y se movían todos a la misma orden.
Ningún nombre mejor para definir lo que quería decir: “tós iguales como los
manguales”… o sea, el anodinismo más despersonalizado que entonces se podía
ver. Lo de la contestación a Jesús de “somos muchos”, muy bien pudo ser
también, “soy como muchos”.
La
aparentemente extraña petición del multiposeído al Rabí, de lo que lo (los)
traspasara a una piara de dos mil cerdos, nada menos, y la no menos
aparentemente cruel solución final de hacerlos despeñar por un acantilado para
que se ahogaran en el mar, pinta más como una de sus parábolas con enseñanza
escondida, que un sucedido real… De hecho, el relato puede contener varias
metáforas: lo de que de uno se confundiera con dos mil quiere decir el infinito
número de personas que puede haber enganchadas a una determinada alienación, o
a muchas, que las hace comportarse como animales de granja (cerdos, en este
caso). Y lo de su trágico final, significa que el destino de tales alienaciones
es acabar disueltas en la nada del todo, nunca mejor figurada por el océano, la
mar infinita, las aguas primordiales, el abismo, la nada…
Para
mí, personalmente, claro, por supuesto, es lo que me sugiere el paisaje de este
pasaje… El maestro Jesús está defendiendo a todos y cada uno de los seres
humanos creados como valores únicos en sí mismos por el Padre, contra el
adocenamiento de masas y el sometimiento a la uniformidad mental, lo que
termina por convertir a las personas en gente, en una legión de todos lo mismo…
En realidad, si se fijan bien, Jesucristo vino a LIBERAR, no a SOMETER. Su
esfuerzo fue para que las personas pensaran por sí mismas y buscaran “dentro
de vosotros, y no en templo alguno”.
Por
eso, naturalmente, que no vino a fundar iglesia alguna, más bien todo lo
contrario, su esfuerzo fue en liberarlos de la que entonces los oprimía con una
imagen falseada de Dios-Padre, y los alienaba en ideas anticuadas e
interesadamente equivocadas… “La verdad os hará libres”, les dijo… Que
la católica usara el cristianismo para volver a alienar a través del
catolicismo, tampoco es tan raro en la Historia. Siempre ha sido así. Y
mientras el ser humano no sepa religarse a sí mismo y por sí mismo a la verdad
única, seguirá siendo así, pues esa verdad que nos hará libres ha sido dicha,
pero no escuchada, y mucho menos creída, y por eso no es seguida.
Fuera
de nosotros está lo que nos engancha y a lo que nos enganchamos; nos
convertimos en simples indumentarias de cualquier moda; las llamadas
“ideologías” nos convierten en albóndigas unos de otros; en amasijos de
humanoides robotizados que pensamos en serie; que profesamos las mismas
zombificaciones que la gran, inmensa, mayoría de los demás. Eso, cuando no nos
convierte en sicarios… Y todo, en un circo guiado por las gigantescas
oligarquías financieras que gobiernan a los que nos gobiernan, incluidas las
religiones. Somos Legión, claro que sí, y nos dejamos conducir.
Vivimos
una época en la que hacemos enjambre con cualquier cosa a lo que llamamos
cultura (de masas, claro); y seguimos abducidos a unos pseudolíderes iluminados y fanatizados, que nos arrastran a
ser comidos y digeridos por los monstruosos estómagos que los pagan y los
mantienen para eso mismo, para llevarnos del ronzal hasta el final… Ahora nos
han puesto en la caña un último engendro-espejo: la IA… Nos vemos a nosotros
mismos creando a, y creyendo en, nuestros propios errores, como la última gran
verdad. Cualquier cosa para seguir siendo pensados por otros, y nunca, jamás,
saber pensar por nosotros mismos… Hay una gran verdad en esto: cuánta más
Inteligencia Artificial, menor inteligencia natural.
Dice
J.M. de Prada que todo esto “nos está convirtiendo en redundancias de
nosotros mismos”, y lleva más razón que el Evangelio, dicho sea ya de paso,
otra vez… Estamos pasando de ser irrepetibles a ser seres indiscernibles unos
de otros; de convertirnos en librepensadores, a ser fantasmas de otros, porque
ya no sabemos qué somos, ni quiénes somos, ni para qué somos, que es lo peor de
todo… ¿Acaso estamos aquí para esto; para hacer lo que estamos haciendo?.. ¿De
verdad nos creemos eso?.. Si así fuere, y visto lo visto, nos estamos haciendo
a imagen y semejanza de aquél que decía llamarse Legión, y que pedía a gritos
acabar en el inmenso mar diluyente…
Miguel Galindo Sánchez / info@escriburgo.com / www.escriburgo.com
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