PLACEBOS

El concepto es: ¿estás mejor porque te duele menos, o te duele menos porque estás mejor?.. Yo ya conocía el efecto de los placebos por una experiencia a través de un prójimo próximo, diabético, al que le dio un subidón de azúcar, verificado por el antiguo control de aquellas tirillas, en una época en que era difícil llevarle a un hospital a unas urgencias que no existían en su servicio, y con escasez de medios, en plenas fiestas navideñas… La intervención de un – entonces “practicante” – cercano, que le dijo tener casualmente en casa unas cápsulas de la insulina que solían administrarle regularmente, le inyectó agua destilada, y los niveles en sangre bajaron a los pocos minutos.
Sin duda alguna, aquel profesional estaba más que al tanto y familiarizado con el uso medicinal del conocido por “efecto placebo”… Pero lo que yo desconocía era justamente el caso contrario, documentado por un investigador, científico y divulgador, Joe Dispenza. Cuenta el caso de un joven que sufría accesos depresivos, y que estaba sometido a un tratamiento experimental. Rompió con su pareja e intentó suicidarse tomándose todas las pastillas del frasco. Como al poco se arrepintió de ello, salió de casa pidiendo ayuda a gritos, siendo encontrado en la escalera de su domicilio sin sentido por los vecinos, y trasladado de urgencias al hospital.
Allí llegó con la tensión a punto de estallar, y todos los niveles orgánicos gravemente alterados, entrando en estado de pre-coma… Mientras lo trataban, el equipo médico de guardia se puso en contacto con el que le estaba administrando aquella terapia experimental, a fin de saber la naturaleza del fármaco que había ingerido en grandes dosis… La información es que él pertenecía, precisamente, al grupo que estaba recibiendo el placebo, un producto absolutamente inocuo en cualquier sentido. Aquello no tenía por qué haber ocurrido.
Sin embargo, ocurrió… El placebo administrado actuó tanto para bien como para mal en el individuo tratado. Éste creyó haberse envenenado, y su organismo actuó en consecuencia. Y bien pudo haber muerto en esa alteración de índices y valores si no llega a ser tratado médicamente y a tiempo… Cuenta el investigador que, tras volver en sí, pasado el episodio de gravedad, se le informó de que había “intoxicado” su cuerpo con un placebo, y tuvo un par de reacciones consecutivas y contradictorias: primero se negó a creerlo rotundamente; y luego, cuando le fue demostrado, mejoró en horas un estado que hubiese requerido días en condiciones normales, terminando por pedir el alta voluntaria, una vez que asumió la verdad y dio por terminado el episodio placebo.
Lo que ya no se tiene claro es lo que entendemos por “estado normal” en estos casos… Pero sí que demuestra con claridad que la mente tiene el poder de hacernos sanar o enfermar, independientemente de la química con que adobamos nuestros organismos. Son los estudios que aborda la novísima ciencia de la Noética, hija ésta de la física cuántica, y una rama más de la joven neurología… Sin embargo, es algo tan viejo como el propio ser humano, y tan antiguo como las más antiguas culturas de esa misma humanidad. Freüd lo expresó tímidamente en su Teoría del Consciente, y Jüng a través de lo que él llamó el Subconsciente Colectivo de la Humanidad.
Es lo mismo, si bien que manipulada, que la Fe de la que las religiones hacen gala, pero con una diferencia de calado: mientras Jesucristo situó esa fuerza capaz de mover montañas y de secar higueras, y de hacer todo prodigio y milagro “dentro de nosotros, y no en templo alguno”, en el interior de cada cual y no fuera; las religiones han hecho lo contrario: la han externalizado, la han borrado de dentro para ubicarla fuera; en cuánto ellas definen como sagrado y está bajo su uso y custodia: lugares santos, liturgias, ritos, iconografía procesional, etc., reforzado por el dogma.
Pero es la misma fuerza, el mismo poder, desacralizado, que vino a mostrarnos el Cristo… El placebo reside en nosotros mismos, pero necesitamos depositarlo y focalizarlo en algo concreto, puesto que no tenemos esa fe en nosotros mismos – que es lo que decía Jesús – y entonces la depositamos en una píldora, en un mantra, en una imagen, o en alguna práctica determinada. No importa en qué. Sin embargo, seguimos engañándonos a nosotros mismos, pues el placebo está en nosotros… De hecho, el placebo SOMOS nosotros: “el reino de Dios está dentro de vosotros”…
La cuestión es que hemos sido tan envenenados desde el principio, que hemos perdido la orientación de dónde encontrar y el cómo activar ese botón. Lo hacemos tan inconscientemente que ni siquiera sabemos que lo hacemos. Tenemos la capacidad, la aptitud, pero no la actitud… Yo puedo creer firmemente en lo que digo, pero sigo dependiendo de una ilusión externa, porque, en el fondo, dudo de mi poder interno. Estamos tan intoxicados, que preferimos no ser libres a depender de uno mismo… Me consta que hasta se está realizando cirugía/placebo con resultados tan positivos como reales. El truco está en no descubrirlo, para que el paciente, por el mismo efecto del “retroplacebo”, pueda volver a empeorar.
Somos muy de milagros, de medallas y amuletos… Luego, llega la ciencia, y, a través del manejo de los placebos, engordan a la industria farmacéutica, que nos hace dependientes de miles de ellos… Y no cuento aquí de los placebos políticos, económicos y sociales con que nos esclavizan en otras muchas cosas y entre otros muchos casos… Somos cuasi dioses, pero preferimos cruzarnos de brazos, atarnos con las peores cadenas, y esclavizarnos a lo que nos gentifica, en vez de a lo que nos libera.
Miguel Galindo Sánchez / info@escriburgo.com / www.escriburgo.com
Comentarios
Publicar un comentario