COMPÓNTELAS CON SANTIAGO

 

He escrito muchas veces sobre la impostura de la leyenda (sí, eso digo: leyenda) de Santiago y su (falsa) tumba española en Compostela, así como el inmenso y próspero negocio alrededor del “Camino Santo”, creado a través de componendas políticas y religiosas – siempre van de la mano – y quizá ya empiecen a ser demasiados, si bien siempre aporto algo nuevo sobre el mismo… A pesar de eso, de vez en cuando también siempre hay alguien que me pide que siga escribiendo sobre ello, uno de los mayores símbolos de la cristiandad. Vale, pero ya aviso que será posiblemente el último, a fin de no tener que repetir datos y acontecimientos ya expuestos en esos anteriores citados. Animo a los interesados a que los recopilen.

Y digo que ya puede que sea el último, porque ha aparecido un libro que, si bien relatado bajo el género de novela, que es más entretenido, está escrito bajo una rigurosidad histórica inequívoca, donde todo el relato se basa en hechos y circunstancias ciertas y reales, desde los personajes a los acontecimientos. Así que conste en acta: a él me remito a cuántos quieran saber de qué va la cosa en este caso, y que, de aquí en adelante, me puedan instar… Se titula “El Siglo del Milagro”, es de Rodrigo Costoya, y es un libro rigurosamente ajustado a la historia sobre la consagración de Santiago de Compostela… Definitivamente, a tal obra me encomiendo. Les advierto que son casi 600 páginas las que pueden abrumarle.

Por eso, yo tan solo me voy a limitar aquí, en éste, a circunscribirme específicamente a los hechos concretos, sin repetir lo que ya he reportado en mis anteriores artículos, y que doy por supuesto que ustedes ya conocen… El origen de la leyenda ya la he contado muchas veces; pero la verdad histórica, si bien adelantada en varias ocasiones, aquí la especifico extractada y con detalle. Y todo empezó hace mil años, con un artífice central e indiscutible: el arzobispo Diego Gelmírez, que fue el gran muñidor y artífice de ese mismo todo.

Ya digo: yo he escrito mucho sobre la leyenda, pero no sobre cómo se construyó la tal leyenda, íntimamente ligada, claro, a la construcción de la inmensa catedral, que habría de ser faro de peregrinación cristiana…Hablamos de una época en que los almorávides acosaban y ponían en peligro a los reinos cristianos norteños, cuyos monarcas casaban y guerreaban entre sí por arrebatar los reinos que les eran ajenos, y siempre en disputa entre guerras y matrimonios por razones de estado; y donde la Iglesia toda, clérigos y Papas, hacían y deshacían alianzas según sus propios intereses… Donde, en todas y cada una de las partes, todo valía si con ello se alcanzaba el fin propuesto. Y cuando digo que todo valía, es que valía todo.

Santiago debía de convertirse en un foco espiritual europeo que sirviese de cruzada constante para contrarrestar la amenaza del Islam con saltar los Pirineos… De ahí que, la poderosísima Órden francesa de Cluny se aliase, apoyase y apadrinase toda iniciativa desde Compostela, sin pararse en barras ni en medios morales o terrenales. La estrategia estaba por encima de las formas y las maneras, e incluso por encima de los fondos y los principios que fuera preciso. Así que, donde la Iglesia anterior había negado rotundamente y combatido y anatemizado el cuento de que Santiago, muerto y decapitado en Jerusalén, pudiera estar en Galicia, ésta vez, bajo la influencia de los de Cluny, Roma empezó a volver grupas… Cuando en la cercana y portugalense Braga decían que tenían la cabeza del apóstol junto con otras santas reliquias, se miró para otro lado cuando el tal Gelmírez, junto a sus arcedianos Hugo y Munio, en un elaborado plan, les robaron hasta el último hueso para llevarlos a Compostela y unirlos a los suyos.

Pero eso, claro, había que legitimarlo. Así que, en cuanto su incondicional aliado Güido de Borgoña (deán de Cluny) ocupó la cátedra de San Pedro con el nombre de Calixto III, éste envió a su mano derecha, Giraldo de Beauvois, con plenos poderes, incluido el de falsificar la firma del propio Papa si necesario fuere para la consecución de sus fines, y que podía estampar en cuantos documentos, bulas y nombramientos fuesen necesarios para lograr el plan último, incluido el cuento central de que el cuerpo del apóstol vino trasladado milagrosamente en una barca de piedra para unirse a su cabeza, etc., etc… A aquél invento se lo conoce, claro, por Códice Calixtino, dado que fue sancionado el bulo con tal bula, bajo su falsificada por interesada firma.

Por supuesto, hasta los mínimos añadimientos de la batalla de Clavijo, que fue ganada gracias al “matamoros”, así como otras aventuras, fueron incorporadas al Líber Sancto Iacóbis bajo negociaciones territoriales con Alfonso el Batallador, rey de Aragón, que fue casado para luego ser divorciado por el Vaticano con Urraca, según las componendas diocesanas… Por ejemplo: Alfonso Henríquez, nieto del tal, que, gracias al todopoderoso don Diego, consiguió el reino de Portugal, pagó el favor con un reconocimiento espurio: que el triunfo en la batalla de Ourique, también fue obtenida por mediación de Nuestro Señor Santiago… Su primo, Alfonso Raimúndez, rey de León, Galicia y Toledo, coronado de niño por el influyente Gelmírez, tuvo que plegarse igual a las exigencias del cuento de tan poderoso prelado.

Le leyenda imposible que un servidor ha denunciado en muchos escritos anteriores se confabuló en aquel Scriptorium santiaguense, del cual salió por las manos del tal Giraldo, y que no responde mas que a una serie de bien manipuladas fabulaciones, confirmadas por un pontífice cuya firma ni siquiera está legitimizada… Yo les hablé de la leyenda, y ahora les hablo de la Historia… Lo demás, ya es cosa de cada cual o cada cuala. De lo que le interese creer porque así se lo hayan hecho creer y otra cosa no quiera saber… Y ¡ancha es Castilla!, como decía aquel otro, que también le venía al cuento con tal cuento, y que ya ni a ustedes les cuento.

Con éste de hoy confío dar carpetazo al tema del ya tan andado Camino. Ni es el único, ni lo será (versus Caravaca y otros menores) mientras haya un prodigio al que sacar partido por cualquier causa, aún sin justificar ni demostrar. La realidad se adapta – la adaptan – a los intereses, y los intereses siempre se esconden tras la realidad…

Y la realidad es que el descubrimiento de aquella frase que se achaca al ministro de propaganda nazi, Göebbels, de “una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”, no la descubrió él… Tuvo un muy ilustre predecesor en este ingenioso y escaso de escrúpulos obispo gallego, Diego Gelmírez, cuando dejó escrito de su mismo puño y letra: “El único triunfo eterno, es el triunfo del relato”…

MIGUEL GALINDO SÁNCHEZ / miguel@galindofi.com / www.escriburgo.com

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