ARRIO

He leído un libro histórico, en el que, de nuevo, me reencuentro con la condenada doctrina de aquel Arrio de los primeros tiempos del cristianismo, o mejor dicho: catolicismo… La primera vez que me lo tropecé, naturalmente, el arrianismo estaba (lo sigue estando) condenado por la Iglesia. Entonces, solo decía aquel Catecismo que el arrianismo era un error perseguido y condenado por el dogma. Y punto pelota… Décadas después, volví a darme de bruces con un ensayo que trataba de aquélla desviación doctrinal, y que ya matizaba la condena: porque el tal Arrio negaba la divinidad de Jesucristo en cuanto a Su persona. Tampoco aclaraba mucho más, pero, poco más o menos, por ahí andaban los tiros… Luego me volví a tropezar al amigo Arrio en varias obras que me fueron ampliando el panorama, hasta hoy, en que me lo vuelvo a encontrar en un buen libro sobre historia romana.
Y tampoco iba muy desencaminado el hombre en su razonamiento. Simple y básicamente decía que, si Dios fué antes que nada, y Cristo fue creado después, por muy Hijo suyo que fuera, no podía ser el mismo Dios… No está exento de cierta lógica, reconozcámoslo: Dios fue primero. El Padre fue antes que el Hijo, luego es un ente anterior y superior a Jesús, que “fue nacido”, por decirlo de alguna manera, después de su Hacedor. Lo que decía el arrianismo, al fin y al cabo, no era otra cosa que bien puede ser Hijo de Dios, pero no Dios mismo, por el hecho de que hubo un antes, y un luego… Lo que negara la filiación divina no fue más que un subterfugio para justificar su persecución y borrarlo de la faz de la tierra. Esto es: bien puede ser Dios a través de ser su Hijo, pero no ES Dios en sí mismo.
Pero no… En la propia narración joanista sobre el bautizo de Jesús, se dice: “se abrieron los cielos y se vió descender al Espíritu Santo en forma de paloma, y entrar en Él, y una voz del cielo que dijo: “tú eres mi Hijo predilecto, y en ti me complazco”… Y para aclararlo más y mejor, también añadió: “Hoy te he engendrado:”… Más claro, el agua con que lo bautizaron… En el Concilio de Nicea tuvieron que estar poco finos y muy torpes sobre lo del “hoy te he engendrado”, pues le estaba dando el presbítero Arrio oxígeno suficiente como para seguir manteniéndose en sus trece… Tan fue así la cosa, que, un tal San Nicolás, indignado, atacó ferozmente a Arrio – que defendía su tesis – recibiendo éste una soberana paliza del tal santo que casi lo mata.
Tan solo que, por acompañar la Historia hasta el final, tras ser excomulgado por la Iglesia nacida y dirigida de y por Constantino, el obispo de Alejandría le dio refugio y cancha; hasta que, pocas fechas antes de ser revisada su causa, murió sospechosamente envenenado. Con su desaparición, el arrianismo fue borrado, por e ejercicio de la violencia, de la faz de tan extrañamente cristiana tierra; que es como la Iglesia arreglaba sus cosas cuando éstas venían mal dadas… Desde esos siglos (III y IV) hasta el presente, la Sancta Institutione lo ha silenciado sistemáticamente, hasta borrar el conocimiento de su existencia… Sin embargo, hoy resultan risibles los motivos por los que eran capaces de matarse los unos a los otros por los intereses que albergaban tales disensiones… Se impuso por el fanatismo y la violencia del Canonicismo y del Dogmatisto, a sangre y fuego, y nunca mejor dicho.
El arrianismo era como para echarse a llorar. Un presbítero que pensaba con plena lógica, pero que no por eso llegaba a negar la divinidad de Cristo (eso fue un bulo interesadamente propagado) y al que el nazareno se refería como el Padre (Abbá)… Lo que se deduce de su propio mensaje evangélico es que no solo era el Padre suyo y exclusivo, sino de todo lo existente, humanidad incluida. La consustancialidad que le otorga la Iglesia es de una ridiculez espantosa, puesto que, entre la materia y el espíritu (ambas cosas son una misma energía), lo segundo es de mayor importancia que lo primero, e incluso fue “antes” lo uno de la otra… El propio Jesús se llamaba a sí mismo Hijo del Hombre, o Hijo de Dios, indistintamente, tan solo que dependiendo de las circunstancias.
Lo que más bien parece es que, de alguna forma y manera, en el hecho relatado del Jordán, fue donde Jesús asumió la responsabilidad espiritual – divina – convirtiéndose desde ese preciso momento en Cristo (el ungido, el enviado), tras echarle una buena pensada durante un tiempo determinado… y determinante. Su cuarentena en su personal desierto… Luego sí que hubo un antes y un después. La misma Iglesia pasa su “antes” de puntillas, como leyendas apócrifas más o menos exageradas, basando su relato en el “después”, que vino a llamar su Vida Pública. Es más: si Jesús, el Hombre, no abraza ese compromiso de meterse en ese charco – el de la Redención – no existiría ninguna de las nuestras tampoco. Por eso dijo de sí mismo que Él era “el camino, la resurrección y la vida” Lo dejó muy claro cuando asumió el marrón: “Nadie va al Padre, si no a través mía”.
Lo demás, sobra. Por eso Arrio llevaba razón cuando analizaba ambas naturalezas, aún siendo las dos partes intrínsecas de lo mismo. Llámenlo Reino de Dios, o lo que gusten… Puro sentido común. Hoy, a la luz del fanal de la ciencia, eso tiene un sentido indiscutible. Toda es la misma energía primaria (Padre) en constante evolución; creando e interpretando a la materia a través de las formas (masa, lo llama Einstein). Y eso es todo. El seguir aferrados al dogma de la “resurrección” de la materia-masa, en beneficio de un “milagro” que no es tal, y utilizando a un Jesucristo como monopolio exclusivo de una determinada religión, son ganas de marear la perdiz y conservar el mando de la tele y de la censura, ya me entienden ustedes.
Hace miles de años de todo ello, y la gente sigue teniendo la misma visión de las cosas, a través de los monóculos que sus iglesias les han fabricado a su medida (de ellas, claro), para que lo consumamos según sus muy interesadas interpretaciones…. No ha cambiado nada. O poco, muy poco. Estamos casi tan cegatos como al principio estábamos, y preferimos la oscuridad de los ritos y los mitos, antes que abrir los ojos a la luz, y tener que afrontar nuestras propias y personales responsabilidades… Ciegos que guían a ciegos, sordos que hablan a sordos, y muertos que siguen enterrando a sus muertos. Es justo lo que, ya entonces, decía aquél galileo.
MIGUEL GALINDO SÁNCHEZ / miguel@galindofi.com / www.escriburgo.com
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