LA CONDICIÓN

A veces me invade una sensación de intemporalidad. Una eventual seguidora me dice que parece como si estuviese “anunciando algo que está por pasar”. Y me viene a la cabeza, de golpe, la vieja cita de Heráclito: “Si no esperas lo inesperado, no lo reconocerás cuando llegue”… Bien mirado, toda la vida (la de cada uno forma parte de la de todos) nos la pasamos esperando algo. Como si fuera a ocurrir lo que, por fuerza, ha de ocurrir… De crío, no me servía la doctrina imperante que nos inoculaban en aquella burbuja de vida: posguerra, ganadores y perdedores, servicio, dignidad, disciplina, muerte… me sonaba todo a pasado y nada a futuro; me sabía a rancio, a un ayer triste y vengativo que intuía, filtrándose, en mis días de infancia.
Sin embargo, en el mismo tiempo y al mismo tiempo, preveía una intuición indefinible – si es que puedo llamarlo así – que proyectaba aquellos grises de plomo hacia una claridad más cálida, más cercana y familiar; un sentimiento de recuperación de un paraíso perdido que esperaba en algún lugar del futuro… Sé que no es fácil entenderlo, que es más sencillo sentirlo, y yo tan solo puedo esforzarme en explicarlo, en la confianza de que algún otro alguien pueda verse identificado en ese mismo sentimiento. Pero confieso que mis vivencias han ido siempre enganchadas a una especie de “¿… y después, qué?”, y que no me hacían sentar los pies en ningún presente.
Cuando vivía – sin vivir de verdad – en una vorágine de actividades, de las que algunas aún me pregunto su sentido, mi secretaria de Coec, Julia, me decía que yo vivía un lustro por delante de mi tiempo, pero que no me servía de nada, porque era el presente lo que andaba la gente, así, en verso… Era mi notaría del pasado la que levantaba acta cuando ya no hacía falta: “lo que tú dijiste…”. Y me recordaba el éxito preventivo a mi fracaso efectivo. No es que ahora venga yo a presumir de nada ni por nada, todo lo contrario, pues tampoco sirve para ninguna otra nada. Tan solo me sirvió a mí mismo para constatar una predisposición como una maldición, y que he ido arrastrando en mi penosa condición… y todo sigue terminando en “ON”, como de que sigo encendido, pero ya no automático, de cuando prendía un acortavidas con la “pava” del otro…
Ahora soy yo (ya no lo hace nadie) el que me pregunto a mí mismo si siento igual, y de qué puñetas me sirve; y he de abrir el arco del compás, para constatar el trazo del primer entonces con el hoy de mi presente, pasando por mi segundo entonces… Y mucho me temo que sigo sintiendo de la misma forma… Aventando aires que aún no son, y que ignoro si llegarán a ser. Y eso, en mi actualidad, es un jodido absurdo, puesto que ya, prácticamente, he agotado el futuro que me puede corresponder. El ser un “barruntador de tiempos”, como me llamaba mi amigo Cándido, ni me sirvió en el más remoto antes, ni en el más rotundo después, ni en el más conspicuo ahora, en el que ya tan solo me rumio a mí mismo, y todo esto que les escribo es por un venido a cuento en la lectura de un libro a destiempo. Un recopilatorio…
“Albert: me alegra que Argelia haya devuelto la poesía a tu prosa. Leeré cuánto publiques”… Es un entresacado de una carta que Simone de Beauvoir escribió a Albert Camús desde Barcelona, en plena guerra civil española, un día en que Simone había presenciado, horrorizada, “el fusilamiento de un hombre bueno”… En aquella lejana/cercana época, los escritos, en formatos de carta entre los próximos, viajaban despacio. Tardaban semanas, con suerte, días; y los sentimientos se paladeaban con el sabor del pasado. El horror de un hecho sin sentido, intenta transmitir el sufrimiento del momento a su lectura en un futuro circunstancial… Y entonces entran los matices, y la perspectiva que conlleva la distancia añadida; y los sentimientos, ajenos a los propios, y tantas cosas más…
Esa panorámica ha desaparecido de cualquier lectura actual, y la gama de grises, incluso en noción de sentimientos, se atenúan; y apenas da tiempo suficiente como para poner la debida distancia entre un hecho y otro. Es el tributo que se paga a la inmediatez. Por eso que las perspectivas desaparecen, se destruyen entre sí, y no dejan mirar-sentir-intuir a larga distancia… Sin embargo, como yo ya no tengo la necesidad de esa inmediatez, mis filtros originales permanecen ahí, casi que intactos; y mi vicio primigenio de preguntarme a mí mismo que esto que leo, veo y siento hoy, qué consecuencias tendrá en el futuro inmediato, sigue funcionando, si bien que en modo inercia, como un “tic” mal acostumbrado, como una pulga fiel a su perro… Y, por otro lado, tampoco es que ya me importe mucho.
Esos puntazos, si acaso, se me escapan en estos escritos casi sin darme cuenta. Tampoco soy muy consciente de ello. Y es posible que, los que aún tengan la barra de leerme, puedan darse cuenta de mis “escapadas” hacia adelante. La verdad es que no lo sé… Esto debe ser, digo yo, como el mando centralizado de mi viejo coche, que dejó de funcionar, y cuando mi mecánico le colocó uno nuevo, original, recuperó todas las funciones automáticas que había perdido… Es posible que esto también lo traiga de fábrica, y que, salvo que se me vaya el centralizado también, pues eso mismo, que seguirá encendiéndose la señal… Puede que ustedes lo sepan mejor que yo.
Lo que Simone le escribe a Albert sobre “el fusilamiento de un hombre bueno”, leído hoy, es la reminiscencia de un ayer colgado de la Historia… Sin embargo, es riguroso presente en un país actual en el que ninguna previsión lógica podía pensarse siquiera; como tampoco es un disparate que, en la España del inmediato mañana, pueda volver a ocurrir… Lo que hoy plantamos será lo que mañana nos comamos. Tampoco hay que ser ningún genio para saber ese simple y vulgar principio… Lo que creo – y bien puedo estar equivocado – es que nos asusta pensarlo, y entonces mejor irnos a otras cosas y matar al mensajero. Siempre lo hemos hecho así. Y resulta más efectivo quitarlo de en medio que ignorarlo, aunque lo segundo siempre será como más civilizado por lo más o menos tolerado.
“Cuando una luz verde se enciende en un cruce, una luz roja se enciende en otro cruce de la misma calle. Que el tráfico no colapse, ya solo reside en la pericia de los conductores cuando recorren la distancia que separan ambas luces”. (Apócrifo urbano).
Miguel Galindo Sánchez / info@escriburgo.com / www.escriburgo.com
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