NO QUEREMOS ENTENDER
Lo he
dicho en varias ocasiones: san Juan es, con gran diferencia, el evangelista que
más profundamente conoce la naturaleza cósmica de Cristo, a años luz de los
demás. Sus escritos abarcan un conocimiento muy superior a los mismos hechos
descritos por los otros, sin ningún género de dudas… Muy posiblemente porque el
“discípulo amado”, como se le conoce, quizá por su capacidad
intelectual, Jesús le traspasara esa parte de conocimientos que el resto aún no
estaban en disposición de recibir. No lo sé, es tan solo que una suposición
personal. Pero, lo cierto, es que el Evangelio según S. Juan, se eleva a otra
dimensión de nivel, y comprensión superior.
“Quién
me ve a Mí, ve al Padre. Yo estoy en el Padre, y el Padre está en Mí… Yo y el
Padre somos Uno” (Jn 14,9; 11; 10,30). No se puede decir tanto
en tan poco. La unicidad de Jesucristo con el Padre, “Abba” (papaico en
murcianico) y la de la Eucaristía de ese mismo Cristo con los hombres,
incorpora a esa humanidad al mismo estatus. Esa es la verdadera, la auténtica y
genuina Redención... Redimir significa redimensionar – resetear en moderno –
volver a medir. En este caso concreto, es como reunificar lo que estaba
separado: espíritu (Reino de Dios) y materia (reino del Hombre); de ahí que
Jesús se hiciera llamar Hijo de ambos indistintamente y según cuándo y cómo.
Esa
afirmación cósmica que Juan pone en palabras de Jesús, es una reafirmación del
Evangelio copto atribuido a Sto. Tomás, que en su ágrafon 77 dice: “Yo soy
la luz que está sobre todas las cosas. Soy el universo; el universo salió de
Mí, y el universo retorna a Mí. Parte la leña, y estoy dentro de ella; levanta
la piedra, y yo estoy debajo de ella; pues estaré con vosotros todos los días
hasta el final de los tiempos”… No es otra cosa que el desarrollo de una
filosofía holística universal, donde la figura de Cristo es el agente central y
el causa-efecto principal de todo. “…Por quién todo fue hecho”, se dice
por otra parte en otro Evangelio. Y todo viene a encajar como un puzzle, tesela
a tesela.
De ahí
que, también siguiendo a Juan en 6,37, viene a sacar de su boca: “si alguien
viene a mí, yo no le diré que se vaya”… El problema reside en que esa
invitación no ha sido abiertamente aceptada por la humanidad. Es una promesa
que ha quedado en el aire, a pesar de la que se hizo como “su” Iglesia,
acomodada por Pablo, de raíz judía y luego romanizada. “Vino a los suyos, y
los suyos no le recibieron” (Juan, 1.11). Pero es que aún no lo hemos
recibido, porque aún no lo hemos comprendido; aún está por entender lo que hace
más de dos milenios debíamos de haber entendido y aplicado.
Hace
muchas décadas, por ejemplo, Enrique L. Guerrero, cura de Mairena de Alcor, en
Sevilla, escribió un libro: “Mirando a la lejanía del Universo”, donde
exponía una teoría cristocéntrica de todo lo creado. Pero su propia iglesia lo
condenó, lo silenció, y lo envió al ostracismo domiciliario… Yo mantuve un
breve contacto epistolar con él. Murió hace unos años, olvidado. Y su libro ya
no se encuentra por ninguna parte. Descatalogado, se dice. Hecho desaparecer,
digo yo… Los suyos seguimos sin recibir al que aún llamamos Mesías.
Y por
esa cuestión y motivo, aún somos también esos “muertos que entierran a sus
muertos”; porque no sabemos resucitar en nuestro interior, y seguimos
crucificando la verdad en nuestro exterior… Pero cuando esa “verdad nos haga
libres” (es una promesa real) resucitaremos de nuestra muerte a la vida…
Creo que fue el teólogo Leonardo Boff quién llegó a decir que la auténtica
Resurrección no se ha producido aún, porque no es aquella que nos cuentan las
iglesias; si no que Jesús, el Cristo, donde ha de resucitar es dentro de todos
y cada uno de nosotros (nunca, jamás, fuera), y que lo hará porque para eso
vino a este jodido mundo y bajó a sus puñeteros infiernos.
Y en
Romanos, 8.29, da la casualidad que dice que nosotros participamos en ese
envite, que se nos ha invitado a esas bodas: “; No vivimos para morir;
morimos para resucitar”… O lo que es lo mismo: si nacemos para vivir,
morimos para renacer de nuevo, hasta que ya resucitemos del todo… En román
paladino, al que duerme, no le queda mas que despertar. Despertar de un sueño
agilimoñado de dogmas, ritos y mitos, de santos y procesiones idólatras, de
falseadas y manipuladas tradiciones; y ponernos a montar ya la estructura del
verdadero Reino de Dios en la tierra… Lo demás es mucho sarmiento que quemar. Y
es que la auténtica, la genuina religión, (re-ligare) es volver a ligar lo
material a lo espiritual, pero no – que es lo que hacemos – ligar lo espiritual
a lo material.
Está
medianamente claro que, “si todo fue hecho” por Jesús, tuvo que ser por
algún motivo, propósito, o fin concreto. Es posible que aún estemos colgados de
la brocha; de causas pendientes de los efectos. Puede ser… Había un cura en mi
pueblo, de crío, que, cuando se sinceraba, decía cosas como “yo soy cura
porque me hicieron, no porque quise hacerme, y a lo mejor empiezo a serlo
cuando me muera”. Lo decía en la sacristía, pesaroso, para sí mismo, tras
fumarse medio paquete de cigarrillos de una tirada. Igual a nosotros nos han
hecho lo que somos, y estamos hechos para otra cosa… Pero todo llegará, según
lo prometido.
Ernst
Bloch, un filósofo alemán, autor de “El Principio Esperanza”, dejó
escrito que “el verdadero Génesis no se encuentra en el principio, sino en
el final… Solo entonces, Dios verá que todo cuánto ha hecho ha sido bueno”.
Pues mire usted, va a resultar que es eso que dice; que nosotros damos el
invento por acabado cuando apenas ha comenzado; que empezó, pero no terminó…
aún. Y, en tal caso, habremos de darnos prisa, porque nuestros avatares
políticos de este mundo, aliados de Satanás, se les ha puesto por montera
finiquitar el tinglado e irnos con la matraca a otra parte… Confío y espero que
todos los arcontes del cielo, o lo que sean y donde estén, nos echen una mano,
aunque nos despierten a trompetazos, o a trompadas… Lo digo por lo del
Apocalipsis, que nos lo adelantó ese mismo Juan del principio para que
estuviésemos prevenidos, en vez de estar dormidos.
Miguel Galindo Sánchez / info@escriburgo.com / www.escriburgo.com

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