LA SEMANA FALSA

 

Bueno, pues ya tenemos otro año más de lo que llamamos Semana Santa, y que con cada celebración la hacemos menos santa, por varias razones, al menos: primero, porque hemos convertido a la tradición en una excusa vacía de sentido; tan solo vale de lo que se presume, nada más… Segundo, porque no deja de ser la prolongación de un Carnaval, que, debiendo ser en teoría lo contrario, es lo mismo en la práctica, es solo cambiar de máscara… Tercero, porque es un único y simple mimetismo que se enseña de generación en generación, sin más valor que la costumbre, ni más presunción que la de lucir selfies… Y, en definitiva, porque no deja de ser el mismo negocio que el siempre reinventado Becerro de Oro. Si lo analizamos en la forma, no deja de ser otra cosa que un hedonismo más, una diversión, un narcisismo social y económico. Económico y turístico. Puro turismo religioso: el de las treinta monedas.

“De qué quiere usted la imagen, / preguntó el imaginero. / Tenemos santos de pino / Hay imágenes de yeso. / Mire este Cristo yacente, / madera de puro cedro. /Depende de quién la encarga: / una reliquia, o un templo. / O si el único objetivo es ponerla en un museo”… Somos idólatras a gusto de la parroquia de parroquianos. Todo lo contrario a los primeros cristianos; al revés que la iconoclastia original, de lo que la Iglesia hizo un mercado de compraventa y de falsa adoración; donde solo sabemos adorar a Dios si lo subimos a una peana y lo cubrimos de riquezas. Somos de la Virgen, del Cristo, o del Santo, según imagen y cofradía; y la capa, la corona, las joyas y los dineros que lleva encima. Santos de quita y pon, vírgenes de ida y vuelta…

“Déjeme, pues, que le explique / lo que de verdad deseo: / yo necesito una imagen de Jesús el galileo, / que refleje su fracaso / intentando un mundo nuevo, / que conmueva las conciencias / y cambie los pensamientos”… Nosotros buscamos que refleje el éxito, el lujo y el sacabarrigas, y la misma feria que conserve los mismos pensamientos podridos, año tras año, repetidos y vacíos; sin saber ni siquiera su verdadero significado real, para no tener que recordarnos a nosotros mismos nuestra alborozada falsedad de cambistas en el Templo… Vergüenza nos debiera dar, si aún conservamos alguna muestra de la nuestra.

Yo no la quiero encerrada / en iglesias ni conventos, / ni en casa de una familia / para presidir sus rezos”… Pues para eso las queremos; para presumir de ellas, para adorarnos a nosotros a través de idolatrías; para poseer con el dinero lo que no somos capaces de entender con el espíritu; para creernos dueños de un Jesús, una Virgen, a través de la posesión de su talla. De una semana de autoadoración a través de imágenes, haciéndonos los amos de nuestro propio vacío. De querer presumir de lo que ni tenemos, ni somos, pues solo somos y tenemos en apariencia.

“No es para llevarla en andas / cargada de costaleros. / Yo quiero una imagen viva / de un Jesús hombre, sufriendo, /  que ilumine a quién la mire / el corazón y el cerebro, / que den ganas de bajarlo / de su cruz y tormento, / y quien contemple esa imagen / no quede mirando a un muerto. / Ni que con los ojos de artista / solo contemple un objeto, / ante el cual exclame admirado: / ¡qué torturado más bello!”… Aquí, los cerebros y corazones están encendidos de luces y oropeles, pero apagados de entendimiento y conocimiento. Pocos, muy pocos, conocen el significado de lo que escenifican como el que repite un mantra, como  zombies. Nos dedicamos a crucificar al Cristo real y escondido todos los años, mientras nos vestimos y los vestimos de dorados; y nos revestimos de lo que nos disfrazamos.

“Perdóneme si le digo, / responde el imaginero, /que aquí no hallará seguro / la imagen del Nazareno. / Vaya a buscarla a las calles, / entre las gentes sin techo, / en los hospicios y los hospitales, / donde haya gente sufriendo. / En los centros de acogida, / donde se abandona a los viejos, / en el pueblo marginado, / entre los niños hambrientos, / en las mujeres maltratadas, / en las personas sin empleo”… Pero, no, a ninguno de esos sitios llevamos las pitanzas de nuestras semanasantas. Buscamos a Jesús en nuestros lujosos vestuarios, en las ricas cofradías, en nuestras marciales filas, en nuestras laureadas bandas de música; entre nuestros entorchados y encendidos. Pero ahí no hay ningún Cristo sufriente, aunque sí mucho católico impenitente, que no cristiano penitente.

“Pero la imagen de Cristo / no la busque en los museos, / no la busque en las estatuas, / ni en los altares ni templos, / ni siga en las procesiones / los pasos del Nazareno. / No la busque de madera, / de bronce, de piedra o yeso. / Mejor busque entre los pobres / su imagen de carne y hueso”… Nosotros lo buscamos donde no está, que es allí donde lo entronizamos; y donde de verdad está, no queremos verlo. Y la Iglesia, nuestra Iglesia, nos empuja al fasto, al boato y al boniato; al sacaombligos que atraiga a más floristeo, turisteo y faranduleo. Esas son nuestras santas semanas santas.

Un año más pido disculpas a los/las que se puedan ofender. Yo creo que al que ofendemos, en realidad, es a ese Jesús original, con todos los superpuestos por supuestos “pasionales”, que están formados de medias falsedades y mentiras… Cristos encaramados como tótems para que nuestra prole se luzca en su idolátrica procesión del paso de san tal o de san cual; y se hagan negocios desde la ceca a la meca; desde la primera milla hasta la última silla; desde el primer hachón al último balcón.

La parte incorporada por transcripción en cada párrafo, en cursiva, pertenece a “La imagen equivocada. Un verso de Jesús vivo”, de Gabriela Mistral… El poema es más sutil, correcto y delicado, que mis comentarios al respecto. Lo reconozco y admito. Pero si entienden lo que leen, habrán de convenir conmigo que expresan exactamente lo mismo, matices aparte… Si mi aportación les resulta escandalosa, es porque a mí me escandaliza lo que profanan como Santo, y encima tienen la santa barra de elevarlo a dogma con todas las bendiciones por su parte  – y rendiciones por la nuestra – habidas y por haber… Pero, claro, ya sé que no tengo derecho alguno a sentirme escandalizado, aunque yo sí sea piedra de escándalo para otros… Así que nos aproveche a todos.

MIGUEL GALINDO SÁNCHEZ / miguel@galindofi.com / www.escriburgo.com

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