VIVIR Y APRENDER

“Nunca se pierde. Siempre se aprende” (Nelson Mandela)… No hay media docena de palabras mejor combinadas. Ni frase más corta que llegue más lejos. En dos bien definidas partes: una promesa y una esperanza, parece exponerse el objetivo de la humanidad a través de cada persona. La promesa es que nada se pierde. Por mucho que nos cueste creerlo – yo el primero – desde que el ser humano nace a una realidad, nada de lo que piense, sienta, diga o haga, se pierde en ninguna nada, puesto que forma parte del circuito de causa y efecto; y eso supone, al menos, un par de cosas: que la nada no existe, y que todo sirve por algún motivo que parecemos desconocer.
Y la esperanza es, precisamente, eso mismo: que valga para algo, o mejor: que “nos” valga muy particularmente para todos y cada uno de nosotros… Es el nada sucede por nada que Jesús nos dejó caer en aquel ejemplo, enigmático, de que “no cae un solo cabello de vuestras cabezas sin que Dios lo sepa”. Resume la sabiduría antigua de que todo está pesado, medido y contado desde el principio de los tiempos; y que cuanto (nos) ocurre son causalidades, no casualidades… “Dios no juega a los dados”, nos dejó dicho Einstein a tal respecto y ciencia por medio, para que no hubiera lugar a duda alguna.
Lo que pasa es que eso arroja sobre nuestros hombros una tremenda responsabilidad que se nos hace muy cuesta arriba asumirla, porque, si todo eso es cierto, y si el rio suena es porque lleva agua, deberíamos admitir que no somos plenamente conscientes de lo mucho que hemos perdido (o se nos ha perdido) por el camino. Y si es que no se pierde, nos lo habremos de encontrar en alguna vuelta de ese mismo camino, puesto que se da por perdido todo lo que no es reconocido… Y si es que “siempre se aprende”, entonces es que nos queda aún mucho por aprender, dado lo que tenemos… o mejor dicho: lo que no tenemos. Lo mucho que aún nos falta por “no perder”, que es lo que significa “aprender”. Luego todo está encardinado en esa otra famosa máxima de que lo que no aprendamos de lo que nos venga, habremos de repetirlo hasta aprenderlo, pero somos tan torpes que no queremos verlo.
Mandela vivió mucho y muy intensamente, y aprendió de lo que vivió… De hecho, aprendió a ser libre en la misma prisión. Su falta física de libertad le hizo mentalmente libre. Parece un contrasentido, pero es una enseñanza, y de las más auténticas además. Nos demostró, y se demostró a sí mismo, que la libertad no reside en el cuerpo, sino en la mente, en la concepción intelectual de las cosas, que son las ideas, pero no en las ideologías… En realidad, las ideologías no son más que ideas dogmáticas, y todo dogma destruye toda idea, y, por lo tanto, toda libertad de pensamiento.. Nuestro amigo Nelson fue todo un maestro en eso, precisamente.
El problema del ser humano es que tendemos a manipular los pensamientos de los grandes librepensadores en nuestro beneficio personal e ideológico o de partido (suelen ser la misma cosa), y entonces aprendemos mal, y porque aprendemos mal, lo perdemos todo. Y vuelta de nuevo a empezar… Al final todo reside en la adquisición de experiencias; y lo peor – o quizá mejor – de todo, es que tales experiencias son bipolares: no existe ninguna experiencia positiva que no tenga algo de negativo, como no existe ninguna experiencia negativa que tango algo de positiva. Y eso es en sí mismo otra enseñanza de la que aprender: nuestra misión y objetivo es vivir experiencias que se nos brindan para discernir lo positivo de lo negativo en cada caso.
La cuestión es que “si nada se pierde, porque todo se aprende”, y yo me permito añadir “…y se aprende bien”, entonces cumpliremos correctamente con la evolución emprendida, pero… ¿y si se aprende mal?.. Entonces se nos presentan un par de caminos naturales: o se rompe la baraja y a hacer puñetas con la sonaja; o se nos devuelve al casillero de salida hasta que aprendamos bien, esto es, asumiendo el conocimiento de las causas de todo “cocimiento”, que es el verdadero, auténtico y genuino conocimiento. Todo lo demás que hay en medio, es “corregimiento”.
Y esa es la esperanza de la promesa, o la promesa de tal esperanza… A mí me parece que la cosa va por ahí. O quiero creer en eso, que también puede ser. Así que, si así fuera, el tiempo, ese tiempo que ni para Dios ni para Einstein existe, porque solo fué hecho por y para el ser humano, tendría el sentido que no terminamos de encontrarle, y podríamos traducirlo por “oportunidades” sin cuento ni cuentas hasta que los ciegos recuperemos la vista; y lo digo así, en metáfora, en parábola, para que se me entienda mejor, dentro de lo posible, claro… Con lo cual, todo encajaría, aparentemente al menos.
Fíjense, hasta aquí, para cuánto han dado las puñeteras seis palabras de Nelson Mandela… “Parece mentira”, decía mi abuela, y luego se contestaba ella sola por lo bajo, “y si lo parece, es que no es mentira”… Pues eso mismo digo yo, que una cosa es parecer y otra ser. Y esta es una de las verdades universales más incuestionables; no se pierde nada, ergo se aprende todo; y todo es cuestión de ese tiempo del que ya “decíamos ayer” que también apuntaba Fray Luís de León.
E incluso me he acordado de un trabajo que tuvo que hacer en el instituto mi nieto Leo, que me estuvo preguntando por toda mi jodida vida hasta donde me acuerdo… Cuando terminó de tomar notas, me preguntó: “abuelo, ¿y has tenido tiempo para tanto?..”, sorprendiéndome su comentario, pues me obligo a contestarme a mí mismo que aún me había sobrado un último trecho de ese mismo tiempo… Si me miro y soy sincero, no veo que haya hecho nada. Ni tanto ni tan poco. Podría haber experimentado mucho más, pero la vejez acobarda, y la cobardía inclina a la meditación, al repaso de lo vivido, y a sacar conclusiones. Y veo tal inanidad en tanta inmensidad, que ni siquiera me atrevo a valorar lo que tan poco valor tiene dentro del todo. Y siento vergüenza de mí mismo, pero eso habré de enmendarlo en esos “otros mundos que están en éste”, y que igual decía Paul Elouard…
MIGUEL GALINDO SÁNCHEZ / miguel@galindofi.com / www.escriburgo.com
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