ESTAR EN LA LUNA

Si se nos habla en literatura del “Viaje a la Luna”, seguro que nos vamos a Julio Verne, o a Képler, o a H.G.Wells… Sin embargo, casi todo el mundo desconoce que, siglos antes, un cura conquense, en 1.532, escribió una obra: “Somnium”, en que narra una experiencia sobre un… ¿imaginado? viaje a nuestro satélite. Se llamaba Juan Maldonado, humanista y sacerdote. Se hallaba en Burgos, donde, en una noche de otoño, salió a contemplar a sus murallas el paso del cometa Halley, quedándose dormido en la espera, y siendo visitado “en su sueño” por una tal María de Rojas, que, según relata, le acompaña en su viaje onírico. Y lo cuenta de aquesta manera:
“Mi cuerpo, dotado de una ligereza inusitada, comenzó a elevarse poco a poco de la tierra”, y narra la sensación física de abandonar la fuerza de la gravedad, al iniciar ese tan especial viaje espacial… Una vez en nuestro satélite, el cura Maldonado escribe reflexiones y sentimientos como: “¡Oh, mentes ciegas de los hombres!.. Por este punto combaten tantos reinos, y tanta sangre se derrama” (se refiere, claro, a la vista de nuestro planeta desde allí). Una sensación, por cierto, compartida por los modernos cosmonautas sobre la apreciación de pequeñes y fragilidad de este planeta azul que debería mimar en vez de saquear.
Está claro que, en el siglo XVI, se desconocía de todo lo que, en la actualidad, podría ayudar a tan exacta interpretación… Sin embargo, resulta una definición correcta de lo conocido por “viaje astral”… El buen cura, quizá que incluso ignorando esa posibilidad, ya que en esa época la Iglesia lo negaba y prohibía como satánico, “se le fue el alma al cielo”, como la sabiduría popular ha reconocido siempre, a falta de concreción por parte de la ciencia, si bien la católica siempre lo ha tenido en cuenta cuando viene de sus santos oficiales, desde Enoc a Pio de Pietrelcina, y cientos de por medio, a los que se ha referido como raptos, visiones o milagros. Porque, desde la antigüedad, siempre ha sido lo mismo.
Hoy, desde la ciencia más bruta a la más sutil (también la religión) reconoce que la realidad humana es un binomio de materia y energía; y de que cada parte tiene su propio universo evolutivo, al que, en cada ciclo biológico al que llamamos Vida, vuelve cada pájaro a su olivo: el “polvo al polvo” como lo describe Jesús en su Evangelio, a que siga su ciclo orgánico; y la energía – inteligente, pensante y actuante – a seguir también el curso de formación, o como cada cual quiera llamarlo… En este punto, la ciencia quántica abre caminos mentales y conscienciales, de lo que el Dr. Sans Segarra es un adelantado en informarnos; y la Iglesia sigue con su tole-tole milenario del cielo, el infierno, y/o atajo a través de sus normas y sus dogmas con que esclavizan el pensamiento humano.
Pero, llegado a este punto de reflexión intelectual, no resulta ningún disparate, ni magia, ni brujería alguna, que, en momentos especiales y puntuales, pudiera darse una separación temporal de esa conciencia del cuerpo que la contiene y encadena… Es a lo que se le ha venido en llamar por ese “viaje astral”, y que, por cierto, siempre ha tenido una falsa fama en el también conocido por “espiritismo”, cuando solo es espiritualismo. Nada más y nada menos. Pero es perfectamente explicable en su mecanismo; las fases “Rem” del sueño profundo, un estado de relax acusado, una intervención pasada de anestesia, o incluso un shock traumático que provoque ese resultado, puede facilitar tal fenómeno. También en la hipnosis experimental se han dado casos.
La cuestión, en verdad, es que no debería ser enfocado como “fenómeno”, precisamente, sino como una cualidad normal del individuo en un momento concreto, y de la que no somos conscientes, precisamente, por eso mismo: porque se nos ha educado en la creencia contraria, esto es, en la inconsciencia, o sea, en no querer tener conciencia de ello. Eso es todo. Y es un error garrafal que nos mantiene encarcelados en nuestra prisión de vísceras, masa y materia que nos contiene… Aquellos que experimentan bien la meditación saben perfectamente de qué estoy tratando, pues, exactamente como ellos pueden “proyectar” su conciencia en algo, se puede “expulsar” fuera del propio cuerpo.
Dicho todo esto, aquel clérigo conquense hizo bueno el conocido dicho de “estar en la Luna” en todos sus puntos y con todos sus matices. Lo que pasa es que él se arriesgó a dejarlo por escrito a pesar del Santo Oficio, y ahí se quedó, en su “Somnium”… En realidad, la Iglesia sabe más, mucho más, muchísimo más, de lo que dice. Lo que pasa es que lo oculta. No quiere que sus “fieles” sepan más de lo que, según tal institución, deben saber. Así que hay que tutelar el conocimiento hasta que la verdad se abra paso por sí sola, si es que, alguna vez, se deciden a abrir la tenaza del todo.
Pero sí… Lo que llamamos “Conciencia” en los seres humanos es apenas un tenue y débil reflejo interior sincronizado a una luminaria mucho mayor y más potente, que se conoce por “Consciencia”, y es externa a nosotros… Lo que Jesús llamaba “los poderes de este mundo” estaban para opacar esa reflexión de Luz – “mi reino no es de este mundo” – y la bombillica que refleja el interior es ese “Padre que hay en vuestro templo interior, y no en los templos de fuera”…
Aquí, como dos teselas de un rompecabezas que encajan una con otra a la perfección, la ciencia, artera y certera, ilumina los rincones oscuros de la religión; y la religión, arcana y cercana, da sentido a los principios de la ciencia… Y lo arcano y lo cercano se complementan como una verdad universal. Decía Álbert Einstein: “existe lo errado y lo acertado, lo que no existe es el pecado”. Y eso es traspasable a la ignorancia y el conocimiento, al mostrarse cerrado o abierto. La auténtica y genuina falta está en saber que no se quiere saber, y no hacer nada por remediarlo… Esa es, exactamente, la situación de la humanidad en los momentos actuales de la Historia.
Miguel Galindo Sánchez / info@escriburgo.com / www.escriburgo.com
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