DEUS VULT

 

Existe una frase de tan solo cinco palabras, lapidaria y ominosa, exclusiva y excluyente, que no deja ningún margen para ninguna duda, pues su dogma abarca cualquier norma, y horma… Me refiero a la de “Es la voluntad de Dios”… Una vez que se deja caer tamaña sentencia, no admite réplica nada de lo que se esté tratando, sin embargo, curiosamente, nadie tampoco cuestiona la autoridad del que lo dice y proclama, ni el por qué lo dice. Se admite como tal (o no se admite, pero se calla) y punto pelota.

A mí siempre me ha sonado como “es la voluntad de Jehová” más que la de Dios, porque se ajusta más al perfil de ese semidiós (los gnósticos lo llaman el Demiurgo) celoso y absolutista, vengador y castigador, dictador y negador, que ese otro paternal, compasivo, entendedor y perdonador, del rabí galileo, que el que nos relata la Toráh judía y el Antiguo Testamento… Aunque sus guardeses de fortuna (más católicos que cristianos), utilicen más al primero que al segundo, y apliquen más la figura de Yahvé que la de Dios Padre, una vez ya puestos, repuestos y metidos en faena. La verdad es que siempre he pensado – y me disculpen por pensar – que esa sentencia de cinco palabras no se asemeja en nada con la personalidad de Jesucristo.

Lo primero que habría de preguntarse es si Dios, el de Jesús, claro, ejerce la potestad de su voluntad tal y como nosotros entendemos por “voluntad”… Es que yo tengo mis muy serias dudas. El vocablo de voluntad en humano está pegado al querer y al desear más que a otra cosa, y si Dios es lo que yo creo, si es omnisciente y omnipaciente, no desea ni quiere nada que no haya manifestado ya al principio de todos los tiempos y fuera de nuestro tiempo.; luego no tiene necesidad de voluntad alguna. Una entidad con esa clase de voluntad es más humana que divina, y una forma, una más, de querer hacer a Dios a nuestra imagen y semejanza.

Luego, lo segundo que habría que pensar, es que un mundo donde todo se hiciera bajo la voluntad de Dios, lo del libre albedrío del ser humano sería el santo camelo del caramelo; y, por otro lado, el mundo es lo suficientemente chapucero en sí mismo como para no ser Voluntad Suya. Y lo digo con todas mis culpas y/o disculpas. A la vista está lo enmierdado del resultado… No hace falta sacarse un máster en logística divina, para ver la mala voluntad que el mundo está empleando para consigo mismo, y la mala leche que ostenta el género humano para ser – o eso dicen – Hijos de Dios, y herederos de su santa gloria. Amén.

Y aún cabría una tercera posibilidad, y es que a la iglesia que le ha tocado (mejor ha secuestrado) el arbitrio de su manejo, puesto que se lo tiene en exclusiva, usa y abusa de endilgarle a Dios toda voluntad, cuando los resultados son consecuencias de nuestros actos. De las iglesias y religiones, también. Y no de humanizado dios alguno…. Que es lo más probable, dadas las circunstancias con que se administran y se suministran los dogmatismos de las religiones… Y, ya de paso, es una jaculatoria que viene de perlas a la hora de explicar lo aparentemente inexplicable; o de abordar todas las barbaridades posibles, desde una “santa” inquisición hasta unas no menos igual de “santas” cruzadas, silencios, venganzas, guerras, persecuciones y sangre que se ha vertido siendo “la Voluntad de Dios”

Tan solo cabría esa supuesta voluntad bajo el epígrafe de consentimiento, y tampoco abarcaría esa etiqueta todo lo que no se puede explicar con palabras… Dios “consiente” tanto lo bueno como lo malo porque para Él no existe el tiempo, ni la causa y el efecto, ni ningún principio ni ningún fin que no sepa de antemano. No está sujeto a ningún tipo de limitación secuencial ni consecuencial, por lo que no tiene necesidad de ejercer voluntad alguna en ningún sentido de lo que nosotros consideramos humano.

Por otro lado, si existe un Plan Divino establecido para lograr la evolución Humana, y eso tan solo se logra en base a la asunción de experiencias por los hechos causados por elegidos, sería por nuestra propia voluntad o ignorancia, pero no por ninguna voluntad divina. Lo contrario, iría frontalmente contra ese mismo principio, cargándole a Dios lo que es única y exclusivamente responsabilidad del género humano… Y si algo no puede hacer Dios, precisamente – sería contradecirse a Sí mismo, pues faltaría a su propia naturaleza, a su propia esencia, si es que podemos acercarnos someramente a entender lo que debemos, pero no queremos, saber.

Y aquí es el punto exacto dónde fallamos: en el que adjudicamos a la naturaleza divina cualidades meramente de naturaleza humana… Y la forma más burda de hacerlo es esa misma: traspasar nuestra voluntad a Dios, para así, de esa manera, nosotros mismos hacernos voceros de la voluntad de ese mismo Dios, actuando en su nombre. Una castaña, una verdadera chapuza… A mí siempre me han espantado esas cinco palabras apuntalando una voluntad suprema ante la que apenas somos lo que mal empezamos a saber ser.

Pero aún me asombra más que, en el ecléctico siglo XXI, aún siga utilizándose tan abracadabrante sortilegio para acoquinar al personal de forma tan efectiva… Y, ¡ claro que todo resulta voluntad de Dios cuando Dios es tan solo que voluntad !.. Eso resulta ser toda una perogrullada. Pero hablemos de una voluntad infinitamente mayor donde caben todas las voluntades minúsculas y el escrupuloso, e inexplicable, respeto por todas y cada una de ellas, y donde se den todas las consecuencias posibles, y hasta no posibles, por difícil que nos sea imaginarlo.

Quizás está todo en eso mismo: en la imaginación… Un muy humilde y muy sabio cura amigo mío, Jesús Arias, decía que “a Dios no se le puede pensar, ya se encarga Él de pensarnos a nosotros”. Otro del mismo estilo y corte, Antonio Fernández, me decía a tal respecto: “Dios no se somete al pensamiento, solo a la imaginación”… Y aun así, iríamos muy escasos de imaginación, añadiría yo. Está tan a la vista, que no lo percibimos, y tan en todo, que ni siquiera lo sentimos. Tan solo sabemos verlo en ese ojo pintado que todo lo ve, y en ese dedo grabado que todo lo señala; todo grabado a fuego de infierno, que aún tenemos y mantenemos en nuestro enfermo subconsciente, y que tanto miente cuando aflora a nuestro consciente… También lo achacamos a que “es voluntad de Dios”, naturalmente… Apañados estamos los que así nos apañamos.

        Miguel Galindo Sánchez / info@escriburgo.com / www.escriburgo.com

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